Gerda Taro y la sombra de Robert Capa

Sin ser guapa, lo parecía. Era consciente de la atracción que despertaba en los hombres. Destacaron de ella su «libertad de mujer en un mundo de hombres... Libertad de cuerpo, libertad de mente... Otros creyeron que hubo dos Gerdas. Tuvo una vida desdoblada. Era judía y utilizó métodos de autodefensa para integrarse en la sociedad. Gerda dijo: “Me esfuerzo por ser perfecta para sentirme invulnerable”. Fue una mujer valiente, decidida, con ganas de vivir... Era una fotógrafa bajita, atractiva, seductora, coqueteaba con los reporteros de guerra. No juega a ser hombre.

Gerda Taro y Robert Capa. Fotografiados por Fred Stein en 1935.

Gerda Taro y Robert Capa. Fotografiados por Fred Stein en 1935.

Por Natividad Pulido. Gerda Taro, la «pequeña rubia», Venus de la Guerra. Gerta y Robert no pudieron celebrar juntos los veintisiete años de ella. Debió ser Agosto y en París. Gerda murió, durante Julio, en el frente republicano, mientras fotografiaba las desdichas y tristezas de la guerra y de la ambición… Contrainfo.com

Durante sus vidas arriesgaron dos de las cosas que justifican la existencia, el amor y la vida, y en el día a día además arriesgaron aquello de lo que la mayoría de las gentes no puede prescindir: normalidad social. Fueron librepensadores, críticos, discutidores, rebeldes, exóticos, sensuales, en definitiva, peligrosos.

Siempre que se habla de Taro se la asocia a Capa (la amante de Capa, la compañera de Capa…) ¿Robert Capa la anuló como fotógrafa y como mujer?

Hace cien años nació en Stuttgart Gerta Pohorylle. Su encuentro en París con Robert Capa cambió el rumbo de su destino y la Historia de la Fotografía. El 1 de agosto de 1937 tenían una cita en París para celebrar juntos el 27 cumpleaños de ella antes de que él se marchara a China. Pero ella nunca llegó. Si cambiamos París por Nueva York, bien podría ser el argumento de «Tú y yo». Pero ella no era Deborah Kerr, sino Gerda Taro, y él era Robert Capa y no Cary Grant. Nuestra historia no fue de ficción, sino real. Una historia romántica, de amor, guerra, pasión por la vida y por la fotografía, y muerte.

Hoy se conmemora el centenario del nacimiento de Gerda Taro. Su verdadero nombre era Gerta Pohorylle. Nació el 1 de agosto de 1910 en Stuttgart. Se crió en Leipzig. Siempre fue muy moderna: le gustaba fumar, la danza, el tenis… Huyendo del nazismo, esta joven judía llega a París en el 33. Trabajó como «Au pair » y mecanógrafa de un psicoanalista. En 1934 conoce a un joven fotógrafo húngaro, también judío, André Friedmann —nombre real de Robert Capa—, tres años menor que ella. Le cambiaría la vida. Los dos son guapos, seductores, ambiciosos… Quieren conquistar París y el mundo. Ella le enseña a Capa a vestir como un dandi. Él le enseña fotografía. Viajan juntos a España, en el 36, para cubrir la Guerra Civil. Pero, ¿quién era en realidad Gerda Taro? Su resurrección comenzó en 1994, cuando la investigadora alemana Irme Shaber publicó una exhaustiva biografía. La aparición de la «maleta mexicana», con unos 300 originales suyos, acabó de resucitarla. Hoy se codea de tú a tú con Capa en exposiciones, como la que podemos visitar este verano en el Círculo de Bellas Artes.

Siempre que se habla de Taro se la asocia a Capa (la amante de Capa, la compañera de Capa…) ¿Robert Capa la anuló como fotógrafa y como mujer? Hablamos con tres personas que saben mucho de Gerda Taro, pues han escrito libros sobre ella. Uno de ellos es François Maspero, autor de «Gerda Taro, la sombra de una fotógrafa» (La Fábrica): «Ella prácticamente había desaparecido de la historia de la fotografía. Aparecía sobre todo en las biografías de Capa y con un gran número de errores. Hoy, Gerda Taro ya no es una sombra, ni la suya ni la de Capa. Pero su recuerdo permaneció en la sombra durante más de 60 años». Susana Fortes, autora de «Esperando a Robert Capa» (Planeta), cree que era «una pareja muy complementaria. Ella era muy espabilada, un lince, la ideóloga de la pareja. La idea de crear el personaje Robert Capa fue suya. Se convirtió en su mánager en cierta manera. Él le enseñó a hacer fotos (era una esponja, lo absorbía todo), pero ella le enseñó todo lo demás. Estaban enamorados hasta las trancas, al tiempo que hay una rivalidad profesional entre ellos. Ella fue una mujer valiente, capaz de defender su profesión contra sus propios sentimientos. Esa modernidad me fascina de ella». Comenzó a interesarse por Gerda Taro cuando apareció la «maleta mexicana». «Algunas fotos suyas inéditas aparecieron en prensa —recuerda Susana Fortes—. Me llamó la atención una de ella en la cama, en pijama, con el pelo corto. Es muy tierna. Parece un niño. Me hizo preguntarme: ¿Quién es esa mujer?» Fernando Olmeda, autor de «Gerda Taro, fotógrafa de guerra» (Debate), apunta que «quien sabía de fotografía era él, fue él quien la moldea. Pero en la relación era ella quien llevaba la iniciativa. El éxito de ambos fue un golpe maestro, genial, por parte de ella. Se hizo a sí misma, juega a diosa creadora y se inventa a Robert Capa».

Pseudónimos apátridas

¿Se crearon mutuamente? Para Maspero, «la historia de estos personajes, brillantes y sin blanca, que se enamoraron perdidamente el uno del otro y cuyo sueño era hacerse ricos, famosos y estadounidenses, es maravillosamente novelesca». Olmeda apunta que «él hacía buenas fotos pero nadie se las compraba. Ella ve su talento y se inventa a Robert Capa, un nombre cosmopolita, apátrida, que sugiere a Frank Capra. Se convierte en una especie de alter ego de él. Pero también al revés. Ella se cambia el nombre, muy parecido a Greta Garbo. Pseudónimos apátridas que difuminan sus orígenes judíos. Ambos se reinventan mutuamente y se metamorfosean en otra cosa».

François Maspero cree que «estaban apasionadamente unidos. Pero eran de los que se consideraban libres de tener otras relaciones físicas. Unos testigos dijeron de Capa que no podía pasarse una sola noche sin una mujer. Gerda siempre siguió manteniendo unas relaciones amistosas con sus primeros amantes, sin que Capa se ofendiera por ello». Aunque Capa estuvo con otras mujeres, entre ellas Ingrid Bergman, Taro fue siempre la mujer de su vida. «Él estaba mucho más colgado que ella —añade Susana Fortes—. Ella estaba enamorada, pero no tenía la dependencia que él tenía con ella. Cuando llega a España, en la guerra, es la más deseada de las mujeres que estaba en el frente. Además de guapa, atractiva. exótica, era muy valiente. Le pide que se case con él, pero ella lo rechazó». «Ella es más independiente —comenta Olmeda—. No da la sensación de que fuera mujer de un solo hombre».
La llamaban «la pequeña rubia». ¿Cómo era Gerda Taro? «Le gustaba vestir bien, atraer a los hombres… —dice Fortes—. Sin ser guapa, lo parecía. Era consciente de la atracción que despertaba en los hombres». Maspero destaca de ella su «libertad de mujer en un mundo de hombres… Libertad de cuerpo, libertad de mente…» Fernando Olmeda cree que «hubo dos Gerdas. Tuvo una vida desdoblada. Era judía y utilizó métodos de autodefensa para integrarse en la sociedad. Hay una frase suya que me gusta mucho: “Me esfuerzo por ser perfecta para sentirme invulnerable”. Fue una mujer valiente, decidida, con ganas de vivir… Era bajita, atractiva, seductora, coqueteaba con los reporteros de guerra. No juega a ser hombre».

«En una guerra hay que detestar o amar a alguien, hay que tomar partido», decía Capa. Tanto él como Gerda lo hicieron. Al padre de ella le llamaban «el médico rojo». Su madre fue una revolucionaria. «Creo que Gerda pensaba sinceramente que luchaba, no por una patria o un partido, sino simplemente para divulgar la verdad en el mundo», afirma Maspero. Tras su muerte, se la presentó como una «Juana de Arco del comunismo». «Es una imagen evidentemente falseada —añade—. El compromiso de Gerda es ante todo el antinazismo. No hay signos de una militancia política real». Fortes añade: «Ellos llegaron a España casi como brigadistas, sólo que en vez de armas tenían cámaras de fotos. Los dos eran judíos y huían de dictaduras. Tenían ambos clara la idea del compromiso. Pero no eran informadores neutrales». Olmeda cree que «la izquierda francesa instrumentalizó su muerte para elevarla a la categoría de héroe, como otra Juana de Arco».

Gerda Taro «arriesgó más de la cuenta, siempre al límite buscando la foto definitiva», añade Olmeda. El destino quiso que sobreviviera a la batalla de Brunete y que en la retirada el coche en el que viajaba sufriera un accidente. Un tanque le reventó las entrañas. Fue el 25 de julio de 1937. La trasladan a un hospital en El Escorial, la operan, pero, tras agonizar durante horas, muere la madrugada del día 26. Cuentan que había pedido un cigarrillo y que había preguntado por sus cámaras. Alberti y María Teresa León llevan su cuerpo a Madrid. Después lo trasladaron a París. Fue inhumada en el cementerio Père Lachaise de París. Murió con las botas puestas, en «acto de servicio». Capa falleció, en 1953, tras pisar una mina en Indochina. Murieron dos grandes fotógrafos. Nacieron sus leyendas.

Fuente: ABC

La inmolada de Brunete

Por Mario Goloboff. Estuvo entre las primeras mujeres fotógrafas de guerra de la historia y fue, se cree, la primera en caer en un campo de batalla, aplastada por un tanque, durante la Guerra Civil Española en el muy violento combate de Brunete, en las proximidades de El Escorial, el 26 de julio de 1937.

Había nacido en Stuttgart sólo veintisiete años antes, en el seno de una familia judía que provenía de la Galitzia polaca y ucraniana, y llevaba como nombre y apellido los de Gerta Pohorylle, que modificó cuando su exilio en Francia por los de Gerda Taro. Creció en Leipzig, donde cursó un liceo de elite, se relacionó con la intelectualidad progresista del imperio austrohúngaro, y nació al primer y durable amor en la persona de un joven estudiante de medicina, Georg Kuritzkes, hijo a su vez de un “médico rojo” y de Dinah Geibke, quien había conocido a Lenin exiliado en Suiza en 1912.

Durante los ’20 bullían en la República de Weimar las ideas emancipadoras y libertarias, naturalistas y ecologistas, y Gerda se conectó fervorosamente con las mismas, pero cuando con el ascenso de Hitler al poder (enero de 1933) comienza una ola de arrestos entre sus amigos y ella cae presa en marzo, acusada de distribuir propaganda revolucionaria, siendo liberada para el verano europeo por mediación de la embajada polaca. No se había estabilizado todavía el régimen y aún contemplaba con cuidado las relaciones con países extranjeros. De allí salió inmediatamente para París, donde frecuentó a intelectuales refugiados que participaban en la Schutzverband Deutscher Schriftsteller (Asociación de Escritores Alemanes), como Walter Benjamin, Joseph Roth, Heinrich Mann, y no parece raro que se haya encontrado más de una vez con Bertolt Brecht, Anna Seghers, Arthur Koestler, Willy Brandt, y otros literatos y políticos notables de la época.

Subsiste, mientras tanto, de pequeños trabajos de dactilografía y traducción, ya que tenía un perfecto inglés agregado al alemán y al francés que incorporaba ávidamente. Hasta que se produce el gran deslumbramiento que va a marcarla para siempre: conoce a André Friedmann (más adelante, el célebre Capa), un poco más joven que ella, recientemente escapado de la dictadura de Miklós Horty y de sus prisiones en Hungría, quien de inmediato cobra notoriedad por ser el primero que fotografía, en Copenhague y contra su voluntad, al líder revolucionario León Trotsky en una de sus primeras apariciones públicas en Occidente después de la ruptura con el estalinismo.

Es el momento en que el fascismo comienza a ocupar la escena política europea y, ya, bélica. Capa se propone cubrir fotográficamente la guerra de Abisinia emprendida por Mu-ssolini. Pero en julio de 1936 se produce el levantamiento franquista contra la República española y las agencias periodísticas dan vuelta sus planes. Lo envían a cubrir los acontecimientos en la península y va, acompañado por Gerda y por su gran amigo Chim (David Seymour) en una avioneta que, a pesar de un accidente sin daños mayores, les permite llegar a suelo catalán. La ciudad de Barcelona, toda la Cataluña y todo el Aragón se exaltan bajo las reformas revolucionarias dirigidas fundamentalmente por las “columnas” anarquistas, todavía guiadas por la férrea y principista mano de Buenaventura Durruti, quien caerá a las puertas de Madrid en noviembre de ese año. Ellos las siguen, y también a las del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en su marcha hacia Madrid, aunque pasando por el Alcázar de Toledo sitiado ahora por los republicanos.

Retorna a París en septiembre; en febrero del ’37 vuelve a partir para Andalucía. Y, según cuenta François Maspero en una suerte de bella novela biográfica (L’ombre d’une photographe, Gerda Taro), es cuando empiezan a firmar “Photo Capa et Taro” y cuando comienza ella a distanciarse sentimentalmente de su compañero para recuperar la libertad de movimiento. Por última vez, estará en Francia para el desfile del 1º de mayo de ese año; ya firma sus fotos con su único nombre elegido y trata directa y personalmente con Ce soir, Regards y las agencias (Alliance y la norteamericana Black Star) para una nueva incursión a España. Será también la última.

Recorre en esta oportunidad Valencia, Almería, Valdepeñas, Pozoblanco, Guadalajara, Toledo, las ruinas de Madrid… Hay, de esa época, alguna foto de ella, tomada todavía por el mismo Capa, donde se la ve feliz y confiada. Está trabajando a pleno; de día, fotografía al pueblo volcado en las calles, a los voluntarios de distintas brigadas con los que trata en los diversos frentes; de noche, después de la tarea y de sobrevivir, frecuenta a los más grandes fotoperiodistas del momento: Claud Cockburn, corresponsal del Daily Worker; Mikhail Kolstov, del Pravda; Herbert Matthews, de The New York Times…

Hacia fines de mayo, estaban otra vez juntos con Capa en Valencia cubriendo la fracasada ofensiva de los republicanos en Nevacerrada, entre Segovia y Madrid, lanzada con el objetivo de disminuir la presión en el frente del norte; la región y las alturas que servirán de escenario natural a Por quién doblan las campanas. En julio, Ce soir le encarga seguir el II Congreso Internacional de la Asociación de Escritores por la defensa de la cultura, que tendrá lugar en Valencia y terminará en Madrid; un encuentro en el que participaron Hemingway, Dos Passos, Auden, Malraux, Tzara, Ehrenbourg, Neruda… y que marcó unos de los hitos fundamentales del siglo XX en las relaciones entre intelectuales y política. El Congreso cierra el 9 de julio. Pocos días más tarde, cae Gerda en los combates de Brunete.

La novedad, que se difunde inmediatamente por todo el mundo, es recibida con enorme sorpresa y malestar en las filas democráticas. Velada, primero, en los jardines de invierno de la Alianza de los intelectuales, de Madrid, el poeta Louis Aragon, director de Ce soir, pide a sus próximos que sea enterrada en París “como una hija de la ciudad” y se celebran impresionantes funerales en los que participan las fuerzas del Frente Popular a la cabeza, siendo enterrada en Père-Lachaise, cerca del muro de los Federados. La concepción de su tumba es pedida a Alberto Giacometti. Los encargados de reconocer y llevar el cuerpo desde España han sido Rafael Alberti y su mujer, María Teresa León, y en Toulouse la reciben su amiga Ruth Cerf y, entre otros, Paul Nizan. Luego viene la derrota de la República, los años de la Segunda Guerra Mundial, los de la ocupación, los del olvido. En 1994, una investigadora alemana, Irme Schaber, recobra sus pasos y escribe una importante biografía: Gerta Taro, Fotoreporterin im spanischen Bürgerkrieg. Y ahora, que se ha redescubierto la increíble “valija mexicana”, con unos cuatro mil negativos de Capa, Gerda y Chim (David Seymour) que se consideraban perdidos, expuestos por estos días en el Museo de Arte y de Historia del Judaísmo de París, comienza Gerda Taro a ser definitivamente recuperada para la memoria.

Fuente: Página 12

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