El poder del Poder. Entre la libertad y la autoridad.

Thomas Hobbes advierte en sus primeras páginas que no encontraremos la sabiduría en los libros, y sí en los hombres (premisa que luego tomará Baruch de Spinoza) y -quizás sea un atrevimiento de interpretación de nuestra parte- también lo hace Antonio Gramsci.

Obra de Liza Lou en resina, acero y cuentas de cristal que representa a Adán y Eva expulsados del paraíso

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Por Ana Luisa De Maio. El concepto de Poder ha sido abordado desde diversos puntos de vista: el político, el sociológico, el humanista, el geográfico y el económico entre muchos otros. Definido por los diccionarios jurídicos y políticos como sinónimo de potestad, imperio, mando, jurisdicción, posibilidad. Autoridad, gobierno, supremacía, hegemonía. Suprema potestad rectora y coactiva del Estado.

Cinco letras que recorren la historia de la humanidad. Desde aquéllos que lo invocan como derecho divino, (no hay que ir demasiado atrás en la historia, nuestro presente tiene vívidos ejemplos de deseos de autoproclamarse “reyes” o “emperadores”) hasta los que se sirvieron de él como método de humillación, pasando por los que utilizándolo como dueños, llevando a casi el aniquilamiento de la propia sociedad ante quienes debían detentarlo.

Temible.  O simplemente ¿utilizado en beneficio propio por hombres “impuros”? “(…) La lucha entre la libertad y la autoridad es el rasgo más saliente (…) de la historia” (…). En la antigüedad (…) se consideraba al poder de los gobernantes como necesario, pero también altamente peligroso, como un arma que intentarían emplear tanto contra sus súbditos como contra los enemigos exteriores”[1]

Nuestro vuelo nos lleva por lugares oscuros, por lo que buscaremos un poco de  luz tomados de la mano con Thomas Hobbes, trayendo a nuestro camino, su “Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil” [2]  en el que afirma que  el estado de naturaleza del hombre es el de la guerra y formula un contrato social esencialmente individualista procurando la propia conservación humana y utilitarista, sin   olvidarnos  que llega a esta conclusión sumergido en una época de luchas constantes.

También es cierto, que lo único que vulgarmente se toma como base de su obra es simplemente este concepto: “el hombre es por naturaleza enemigo del hombre”, pero si se lee la totalidad de su obra se comprenderá que resulta ser simplemente la premisa – vastamente fundamentada- , de la cual parte para justificar la asociación de los hombres bajo un poder común. Afirma Hobbes que estando el mundo amenazado por quienes reclaman una “libertad demasiado grande y, en el lado contrario, por quienes reclaman demasiada autoridad, se hace difícil cruzar indemne ante las armas de ambos bandos”. ¿Quién se atrevería negarlo?

El ex secretario y traductor de Francis Bacon, crea para su  obra una ficción, una simulación, un “gran Leviatán”, a quien sinonimia con república o Estado o civitas, “un hombre artificial” cuyo destino es proteger y defender a los hombres naturales.  Haciendo uso de su genio y  lo aprendido de sus conversaciones con Galileo (a quien incluso visitó a hurtadillas en los momentos en que la Inquisición cae sobre aquél), Descartes, y Gassendi, con toda la ciencia nueva a su disposición, desarrolla su teoría basada en la racionalidad, en la razón de todas las cosas,  después de definir cada una de las pasiones o apetitos de los hombres naturales, entre otras cosas. Advierte en sus primeras páginas que no encontraremos la sabiduría en los libros, y sí en los hombres (premisa que luego tomará  Baruch de Spinoza) [3] y -quizás sea un atrevimiento de interpretación de nuestra parte- también lo hace Antonio Gramsci. [4]

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Asimismo, sorprendentemente, utiliza el “conócete a ti mismo”, como base del conocimiento de otros. Sostiene que las semejanzas entre los hombres son tales que si damos cuenta de esa sentencia,  podremos prever   los qué, los cómo, los por qué y los cuándo de los demás hombres, si primero conocemos las formas de nuestra acción. “Quien ha de gobernar a toda una nación debe leer en sí mismo a la Humanidad”, es la explicación de Hobbes.

Siguiendo sus letras, al Superhombre llamado Leviatán lo inviste de un alma (la soberanía), articulaciones (los funcionarios y magistrados), nervios (la recompensa y el castigo), fuerza (la riqueza de los particulares), negocios que atender (la seguridad del pueblo), memoria (lo que los consejeros le sugieren), razón y voluntad artificial (la equidad y las leyes), salud (concordia y armonía), enfermedades (la sedición) y hasta la muerte (la guerra civil). Es decir, traspola todos los atributos del género humano. No se puede negar las influencias que los nuevos conocimientos científicos  han tenido en su obra.

No es nuestra intención pasar a describir y reseñar las propias palabras de “la corneja”, pero sí diremos que su lumbre  atrapa al lector por la capacidad y la delatada tendencia a querer ser entendido. Explica y acota cuestiones o términos para que no se traduzcan en forma equívoca. Discurre sobre definiciones científicas del hombre,  la memoria,  los sueños,  la imaginación, el discurso, el lenguaje,  los apetitos,  las pasiones, y el pensamiento, con una lógica argumental difícil de confrontar. Todo lo justifica con una razón científica, Se alza contra la concepción aristotélica de la prudencia y afirma: “Cuanta más experiencia tenga un hombre de las cosas pasadas, tanto más prudente será y tanto menos fallarán sus expectativas”.

En su crítica irónica y certera, preavisa “(…) quienes obtienen su instrucción de la autoridad de los libros y no de su propia meditación, están tanto más por debajo del estado de los hombres ignorantes como por encima de él se encuentran los hombres dotados de verdadera ciencia. Porque la ignorancia está situada entre la verdadera ciencia y las doctrinas erróneas (…) La propia naturaleza no puede errar, y a medida que los hombres van teniendo un lenguaje más amplio van también haciéndose más sabios o más locos que de costumbre (…)”.

Si releemos, resultaría en el  presente un llamado de atención al sistema de educación, recitador y memorioso que deja de lado la comprensión de las ideas, que – de adecuarlo – nos serviría de mucho, a pesar de haber sido escrito en el año  1651. Para completarlo formula: “Quienes  se piensan más sabios que todos los demás, claman y exigen como juez a la recta razón, pero no buscan sino en conseguir que esas cosas sean determinadas por su razón exclusiva”. (¿Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia?).

Advierte de los filósofos la facilidad con la que caen en el absurdo (idea también compartida por Baruch de Spinoza): “de los hombres, quienes más están sometidos (al privilegio del absurdo) son quienes profesan la filosofía”. Se apoya en los dichos de Cicerón: “Ninguna cosa tan absurda puede encontrarse como algunas presentes en los libros de filósofos. Y la razón es manifiesta. Porque no hay uno solo de ellos que comience su raciocinio a partir de definiciones o explicaciones de los nombres a utilizar, método que solo ha sido usado en geometría y cuyas conclusiones se han hecho indiscutibles por eso mismo”.

Vehemente critica a quienes  abandonan su propio juicio natural y caen en la demencia o la pedantería, cuando tratan de asuntos públicos.  Especialmente a  “esos mismos hombres que en los Consejos de la república, gozan exhibiendo sus lecturas en política e historia, pero muy pocos las usan en sus asuntos domésticos donde resulta comprometido su interés particular, pues tienen suficiente prudencia para los asuntos privados pero en público estudian más la reputación de su propio ingenio que el éxito de los negocios ajenos”. Quizás sea ésta uno de los juicios más ácidos respecto del egoísmo y la idiosincrasia de algunos políticos, respecto de los bienes comunes. “La conciencia equivale a  mil testigos”.

En toda su obra alude y refuta creencias religiosas, a través de un razonamiento lógico, que resulta comprensible. Hobbes basa toda su argumentación, ya lo hemos consignado, en el razonamiento científico. Tanto así que  en su carta de presentación de la obra ( a “mi muy honorable amigo Francis Godolphin de Godolphin”) advierte su deseo de no ofender a nadie y mucho menos de escandalizar con ciertos textos tomados de la Sagrada Escritura. Vale -como ejemplo- el siguiente párrafo: “(…) Los primeros fundadores y legisladores de repúblicas entre los gentiles, cuyos fines eran sólo mantener al pueblo en obediencia y paz, en todas partes se ocupan primero de grabar en su mente la creencia de que los preceptos  dados por ellos en materia de religión no debieran considerarse de su propio juicio, sino de los dictados por algún Dios o de otro espíritu; o bien  de asegurar que ellos mismos tenían una naturaleza superior a la meramente mortal, para que sus leyes puedan recibirse más fácilmente. “(…) Y mediante éstas y otras instituciones semejantes, consiguieron para su fin (que era la paz de la república) que el pueblo común atribuyera sus desgracias a falta por negligencia o error en las ceremonias o a su propia desobediencia a las leyes estando menos propensos a amotinarse (…)”. Como se lee, nada hay nuevo bajo el sol, y por lo que otros clásicos son reconocidos, había sido escrito ya doscientos años antes.

Este autor trató algo más que aquella simple oración por la que se lo condena, que significa sumirse en la ignorancia de la totalidad de su pensamiento.  Que los hombres poseen iguales facultades y atribuciones y  no hay diferencias sustanciales que hagan pretender a uno ser mejor que otro, es tan definitivo como que aún el más débil tiene fuerza suficiente para enfrentarse al más fuerte cuando se ve atacado. “Lo que quizás haga de una tal igualdad algo increíble no es más que una vanidosa fe en la propia sabiduría, que casi todo hombre cree poseer en mayor grado que el vulgo (…) pues la naturaleza de los hombres es tal que (…) difícilmente creerán que haya mucho más sabios que ellos mismos: pues ven su propia inteligencia a mano, y la de otros hombres a distancia (…)”. Su cuestión avanza  justamente en esa igualdad que permitiría a toda persona alcanzar sus fines. Llevado por esa convicción, sostiene que si se quiere poseer una cosa que posee otro, hará uso de la fuerza y querrá destruir al primitivo poseedor para hacerse de ella, naciendo entonces automáticamente como forma razonable de prevención ante tanta inseguridad mutua el deseo de dominar a tantos hombres como sea posible – “por fuerza o por astucia”-,  anticipándose a su propia destrucción.  Pues -continúa explicando-  si ese mismo hombre deseó las posesiones del otro, seguramente cualquiera podría desear las suyas, con lo cual la lucha sería constante e interminable: el constante estado de guerra, período durante el que “todo hombre es enemigo de todo hombre (…) ya que solo dependen de la seguridad que les suministra su propia fuerza y su propia inventiva”.

Desprecia este estado en el cual no sería posible ningún tipo de actividad como consecuencia de la inseguridad instalada. La competición, la inseguridad y la gloria que  se pretenden, son – según sus escritos- , las tres características que encuentra en los individuos. Concluye que son las que lo conducen a la guerra, razona que “un poder común que les obligue a todos al respeto”, los acercaría  a los tiempos de paz. “Las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte; el deseo de aquellas que son necesarias para una vida confortable; y la esperanza de obtenerlas por su industria. Y la razón sugiere adecuados artículos de paz sobre los cuales puede llevarse a los hombres al acuerdo”. ¿Cuáles artículos? ¿Por qué formula  su necesidad? Porque no existe  pecado, ni injusticia e justicia,  igualdad y desigualdad en términos concretos. No son conceptos que hacen a la persona en sí misma, sino a ésta relacionada con las cosas y la sociedad. Las leyes naturales que comprenderían el  articulado, no son como se cree comúnmente, las leyes de la naturaleza, sino preceptos o reglas generales encontradas por la razón “por las cuales se le prohíbe al hombre hacer aquello que sea destructivo (…)”.

La distinción formulada entre “jus” y “lex” es clara. Por eso asevera que el derecho consiste en la libertad de hacer o no hacer, inherente al hombre y por lo tanto tan amplio que permite utilizarlo para su preservación. En cambio la ley determina y ata a los hombres, para que unos no avancen sobre los otros.  Recién cuando la primer “lex” esté presente, podrán alcanzar los tiempos de paz. Intenta aclarar que  jus naturale se diferencia de la  lex naturale.”(…) Si un hombre está dispuesto, cuando otros también lo están tanto como él, a renunciar a su derecho a toda cosa en pro de la paz y defensa propia que considere necesaria, y se contente con tanta libertad contra otros como consentiría a otros hombres contra él mismo (…) se despejaría a si mismo de la libertad de impedir a otro beneficiarse de su propio derecho a lo mismo (…)”

Con los postulados básicos de las lex naturale, que desgrana uno del otro, demarca los conceptos de renuncia, transferencia, donación, obligaciones de los contratantes, invalidez de los contratos, vicios de la voluntad, etc.  A nuestro juicio todo un compendio principista de derecho civil, penal, de familia y sucesorio,  incluso de organización jurisdiccional, de la cosa y de los hombres públicos.

Seguramente, esta lectura de su “Leviatán” responde a un criterio amplio, o antojadizo. Se encuentra en sus letras la necesidad del pacto y de un poder coercitivo que ligue a los hombres y los ponga en un pie de igualdad y justicia, por tanto “antes de que los nombres de lo justo o injusto puedan aceptarse, deberá haber algún poder que obligue igualitariamente a los hombres al cumplimiento de sus pactos, por el terror a algún castigo mayor que el beneficio que esperan de la ruptura de su pacto y que haga buena aquella propiedad que los hombres adquieren por contrato mutuo, en compensación del derecho universal que abandonan, y no existe tal poder antes de que se erija en una República”.(…) Dicen que justicia es la voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, y por tanto, allí donde no hay suyo, esto es, propiedad, no hay injusticia, y allí donde no se haya erigido poder coercitivo, esto es , donde no hay República, no hay propiedad, por tener todo hombre derecho a toda cosa”(…).La naturaleza de la justicia consiste en el cumplimiento de pactos válidos, pero la validez de los pactos no comienza sino con la constitución de un poder civil suficiente para obligar a los hombres a su cumplimiento. Y es entonces también, cuando comienza la propiedad (…)”. ¿Estaría concluyendo Hobbes que la propiedad es el origen de las  injusticias y desigualdades?

Para John Locke[5], autor con quien siempre la literatura lo compara,  las obligaciones pertenecen también a quien lo detenta. “(…) Una de las grandes divergencias entre Hobbes  y Locke es la consideración del estado de naturaleza: mientras para el primero era un estado de guerra de todos contra todos, una lucha sin ley basada en el esencial egoísmo del ser humano, para el segundo es un estado de paz y vida en común, según la razón, pero sin una autoridad común, tiene un carácter social y existen en él determinadas instituciones, como la propiedad o la familia, y por ende relaciones entre los seres humanos y obligaciones morales fundadas en la propia ley natural” [6] .

Referencias

[1] John Stuart Mill. “Sobre la Libertad”. Cap. I. Introducción

[2]  “Leviatán 1.” Thomas Hobbes.

[3] “Tratado Político”. Baruch de Spinoza.

[4] “Socialismo y Cultura”. Antonio Gramsci

[5] “Ensayo sobre el Gobierno Civil”. John Locke

[6]  María Condor Orduña. Prólogo. John Locke. Op. citada

Fuente: Contrainfo.com

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