La sangre de Norma Bustos se desliza en la conciencia de los políticos de Santa Fe

"A mí no me importa que me maten, si yo ya lo perdí todo. Me mataron a mi hijo, se murió mi marido, ¿qué más me pueden sacar? Yo estoy vacía. Pero quiero que los que mataron a mi hijo se pudran en la cárcel. Si el infierno existe, yo vivo en el infierno desde que me mataron a mi hijo".

Norma Beatriz Bustos

Norma Beatriz Bustos

Por Carlos Del Frade. Norma Beatriz Bustos fue la víctima número 217 de la violencia en Rosario. Es decir que se llevan producidos 217 homicidios en el departamento de la geografía donde se inventó la bandera como síntesis del sueño de la igualdad. Los viejos quinieleros dicen que el 17 es la desgracia. Doble desgracia, entonces, parece ser el misterio que se esconde en la cifra que rodea la vida de Norma Bustos. (APe)

“A mí no me importa que me maten, si yo ya lo perdí todo. Me mataron a mi hijo, se murió mi marido, ¿qué más me pueden sacar? Yo estoy vacía. Pero quiero que los que mataron a mi hijo se pudran en la cárcel. Si el infierno existe, yo vivo en el infierno desde que me mataron a mi hijo”.

Siete meses atrás Norma Beatriz Bustos, la mamá de Lucas Espina, contaba su pena al conocer que los hermanos Milton y José Damario habían sido procesados como autores del asesinato de su hijo, ocurrido el domingo 27 de enero de 2013. Y lo que faltaba que le sacaran a Norma, su vida, ocurrió el jueves 20 de noviembre.

La mujer, de 53 años, recibió tres balazos mortales. Dos motociclistas cubiertos con cascos llegaron hasta el quiosco que atendía en su casa de Pavón al 4600, en barrio Tablada, y tocaron el timbre. Cuando la mujer fue a atenderlos por la ventana enrejada, le dispararon sin miramientos. Los tiros le impactaron en el pómulo, el cuello y el hombro, todo sobre el lado derecho”, decía el inicio de la excelente crónica que escribió el diario “La Capital”, de la ciudad de Rosario.

Primero fue su hijo, ahora fue ella. Dos veces la desgracia. 217. Pero no se trata de un castigo divino. Del desatino de dioses caprichosos y enloquecidos por la sangre humana. Es la consecuencia de otros dos saqueos, de dos “desgracias” colectivas. La destrucción de las herramientas materiales para construir un presente diferente en los barrios de la ex ciudad obrera, por un lado; y la complicidad de diversos sectores institucionales que miraron para otro lado mientras crecían las bandas violentas en aquellas geografías antes habitadas por talleres, comercios, empresas, pequeñas industrias, puerto, ferrocarriles, clubes, bibliotecas y cines.

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El barrio de Norma se llama Tablada. En los años sesenta fue el escenario para el desarrollo de la extraordinaria experiencia de cultura popular que fue la Biblioteca Vigil, con miles de socios, jardines maternales, escuela primaria y secundaria, observatorio astronómico y hasta camping y balneario en la vecina ciudad de Villa Gobernador Gálvez. Una biblioteca que llegó a tener más de 80 mil libros como decía aquel luminoso quijote rosarino, el artista y militante por los derechos humanos, Rubén Naranjo.

Fue en Tablada, en los años setenta, en pleno proceso de ebullición política y social que el club Central Córdoba ascendía a la primera B y tenía un crack excepcional, Tomás Felipe  “el Trinche” Carlovich, figura excluyente de un partido de leyenda donde la selección rosarina de fútbol le dio un baile notable a la “Argentina” que luego iría al Mundial de Alemania.

Tanto la Vigil como aquellas gambetas y guapeza del Trinche no eran casualidades, sino el resultado de un barrio que se hizo cada vez mejor a partir del trabajo en el puerto, el ferrocarril, los frigoríficos y el comercio que surgía gracias a ese impulso interno.

Después vino la construcción del agujero negro. Desaparecieron las fuentes laborales y surgieron las bandas hijas directas de la corrupción policial y la complacencia política, judicial y empresarial. Dos veces la desgracia, el misterio del 217.

Norma Bustos estaba convencida de que la iban a matar. Hoy, a pesar del dolor, en Tablada insisten en la refundación de la Vigil que ya tiene treinta talleres para incluir a esos pibes que ya no están en la secundaria; en el barrio donde todavía gambetea el fantasma del Trinche, hay una orquesta juvenil que ofrece música y arte como abrazos para los sedientos de un presente no violento; y es allí, alrededor de la casa de Norma, donde las vecinas y los vecinos saben con precisión que no alcanza con policías y gendarmes, que para terminar con la doble desgracia es fundamental la organización y el compromiso desde abajo. Para que el amor y la lucha de Norma no hayan sido en vano.

Referencia: Diario “La Capital”, viernes 21 de noviembre de 2014. Entrevistas propias del autor de esta crónica.

Fuente: AgenciaPelotaDeTrapo

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