Hasta la rebeldía es una enfermedad

A las multinacionales de los fármacos las mueve una sed infinita de lucro. Es decir que son pura cepa neoliberal, son como las "chicas obedientes" del capitalismo depredador que supimos conseguir. ¿Por qué digo esto? Es muy simple: desde hace algunos años llegaron a la conclusión a la que todo neoliberal arriba en algún momento: es mucho más redituable cumplir con la biblia del marketing que cumplir con la ética.

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Por Jorge Ballario. La apuesta a la cronificación de enfermedades cuya cura definitiva no se investiga para no limitar los ingresos es sólo un aspecto de la voracidad de los empresarios de fármacos. Un fixture de patologías establecidas al servicio de las ganancias. Página12

Si alguien se rebela y decide no cumplir con el tratamiento farmacológico que le sugiera su médico se lo calificará de ‘enfermo’ que padece incumplimiento terapéutico. Esperpéntico”, afirma Miguel Jara en “La enfermedad de la rebeldía”, publicado por la Revista Discovery DSALUD.

A las multinacionales de los fármacos las mueve una sed infinita de lucro. Es decir que son pura cepa neoliberal, son como las “chicas obedientes” del capitalismo depredador que supimos conseguir. ¿Por qué digo esto? Es muy simple: desde hace algunos años llegaron a la conclusión a la que todo neoliberal arriba en algún momento: es mucho más redituable cumplir con la biblia del marketing que cumplir con la ética. En esa línea de pensamiento entra la cronificación de muchas dolencias, dado que, de ese modo, dichos holdings empresarios obtienen una formidable clientela global cautiva. Para que este procedimiento sea hiperlucrativo, debe ir acompañado de la disminución de las investigaciones de las cuales podría surgir la cura definitiva de muchos padecimientos graves, por el mero hecho de que esta no es tan redituable como la cronificación. En ese mismo combo ideológico se incluye, además, la construcción de enfermedades de todo tipo, como la rebeldía. Sí, leyó bien: “la rebeldía”.

Contrainfo.com

“Algunos laboratorios farmacéuticos llevan años haciendo pasar por enfermos, a los que hay que medicar, a niños y adolescentes con problemas de movilidad o comportamiento no sumisos. Pues bien, ahora se han inventado que los que son demasiado ‘rebeldes’ es porque están ‘enfermos’. Se trata de otro de esos infames pero lucrativos negocios de venta de fármacos que además sirve como estrategia de control social en tiempos de crisis. Es más, un trabajo reciente califica también de ‘rebeldes’ a los médicos ‘profundamente insatisfechos’ con la industria farmacéutica. Y no es todo: si alguien se rebela y decide no cumplir con el tratamiento farmacológico que le sugiera su médico se lo calificará de ‘enfermo’ que padece incumplimiento terapéutico. Esperpéntico”, afirma Miguel Jara en “La enfermedad de la rebeldía”, publicado por la Revista Discovery DSALUD.

No caben dudas de que a esas empresas les interesa mucho la salud… ¡pero su propia salud: su “salud económica”!

Existe un mecanismo indirecto por el cual estos holdings empresarios, principalmente -aunque también los de otros rubros, lo sepan o no- son promotores de patología: la sacralización de la racionalidad científica. Este objetivo implícito en su accionar puede actuar en las personas como un lastre en el desarrollo de sus espiritualidades. En algunos casos, podría provocar, desde una disminución, hasta una severa represión inconsciente de capacidades como la intuición o la creatividad, u otros componentes de un espíritu libre. Paradójicamente, un exceso de fe en la razón restaría libertad interior, dado que esa capacidad intelectual puede gestar rápidamente toda clase de racionalizaciones, y, de esta manera, ponerse al servicio de los mecanismos de defensa del aquejado. Esta problemática no es ajena a la dificultad en la obtención del sentido por el cual vivir, o de otros igualmente importantes. También puede disminuir la capacidad metafórica del individuo, y, por ende, acercarlo a las enfermedades psicosomáticas. Además, se fomenta el distanciamiento del sujeto respecto de sus cuestiones profundas, y ello lo aleja de sus verdaderos e íntimos anhelos. En contrapartida, el afectado procura llenar ese vacío interior satisfaciendo sus deseos más superficiales que -¡vaya casualidad!-, por lo general, están vinculados al consumismo, es decir a incrementarle la astronómica ganancia a los muchachos de las multinacionales. En este punto se cierra el círculo: casi todos quedan vacíos, y unos pocos, llenos.

Es importante destacar que la razón es solo una herramienta, que siempre se halla al servicio de un deseo, de un afecto o de una identidad. La razón no se explica a sí misma. Si, metafóricamente, le inyectásemos una alta dosis de razón o de inteligencia a un ladrón, seguramente lo transformaríamos en un genial delincuente. Y si hiciéramos lo mismo en un espíritu solidario, podríamos obtener un formidable benefactor social. De modo análogo, el procedimiento racional de las empresas suele ser funcional a la productividad o a la ganancia, o sea, al deseo de los titulares. Y todo lo que lo limite, -por ejemplo, los costos ambientales, los riesgos, las expectativas desfavorables o la ética- en ocasiones es negado.

Por último, me parece que el popular sistema telefónico, que casi todas las grandes empresas adoptaron, constituye un buen ejemplo de este afán por encasillar todo. Los clientes, mansamente se familiarizan y adaptan rápidamente a las opciones preestablecidas, que hacen que cada uno acomode su singular reclamo a la opción que mejor lo represente. Me parece un buen ejemplo de cómo la racionalidad productiva, librada a su propia lógica, va ocupando todos los intersticios de la realidad cotidiana de los usuarios de esos servicios. A su vez, los obliga a identificarse con las categorías pensadas por los cráneos corporativos, que procuran digitarlos en función de la rentabilidad que buscan. El sueño de esos modernos jinetes del apocalipsis medioambiental neoliberal sería que, como borregos, entremos en todos los bretes que requiera el sistema de acumulación de ganancias más perfecto que existió. De esta manera, en un mundo con hombres simples y fácilmente encasillables, la peligrosa e imprevisible individualidad desaparecería, y la plena previsibilidad empresaria colonizaría lo que resta.

Jorge Ballario es psicoanalista. Marcos Juárez, Córdoba.

Fuente: Página12 

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