Las deslumbrantes Mont Blanc, el Ministro de Justicia y Derechos Humanos, y la justicia argentina

Lo abyecto es regalar objetos tan obscenamente lujosos como prescindibles, dilapidando el dinero de millones de argentinos que lo necesitan para realizaciones más dignas.

Alak y las codiciadas plumas

Alak y las codiciadas plumas

Por Jorge Tobías Colombo. Las deslumbrantes plumas. En una sociedad en la que el soborno es una de las medidas de cambio más frecuente, lo que resulta despreciable en la decisión del ministro  de Justicia y Derechos Humanos de Argentina JULO ALAK, no es la posibilidad -incomprobable, por otra parte- de perpetrar cohecho, ni sería lo más importante de su actitud. Contrainfo.com

He aquí la noticia -que dispara este artículo-, tal como la publica, textualmente, MDZOL: “Una tarjeta navideña con una pluma Mont Blanc, cuyo valor ronda los 6 mil pesos, fue el regalo navideño que el ministro de Justicia, Julio Alak, envió al menos a una docena de jueces federales. Según diario Perfil, varios jueces devolvieron la lapicera por considerar que se trataba de un obsequio muy costoso. Por su parte, La Política Online aseguró que algunos planean denunciar a Alak por “cohecho”.

Lo abyecto es regalar objetos tan obscenamente lujosos como prescindibles, dilapidando el dinero de millones de argentinos que lo necesitan para realizaciones más dignas. La ostentación y la torpeza de JULIO ALAK, parece más propia de gordinflones saudíes, ahitos de placeres frívolos y ridículos, y abona la sospecha de que la mayor parte del mundillo judicial, está ganado por la idea de que sus miembros son parte de una elite privilegiada y extrañada, y muy por encima del resto de la sociedad.

Desde el señorío de la Corte Suprema, hacia buena parte de sus subalternos más ínfimos, sus altos estrados, sus maderas bruñidas, su boato, sus crucifijos austeros, las minuciosas listas de invitados a sus glamorosos cócteles, la afectación de sus galas y sus maneras, la pulcra inaccesibilidad que practican dentro de sus criptas egregias, en fin, todo aquello de lo que se rodean, exhuma un deseo recóndito y estéril por detener el tiempo.

 

 

 

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