Lisandro de la Torre: hombre de capa y espada

Don Lisandro, tal como lo llamaban sus amigos cercanos e incluso la mayoría de los autores, no escapa a las contradicciones del deber, querer y poder ser.

Lisandro de la Torre, "El solitario de Pinas"

Lisandro de la Torre, “El solitario de Pinas”

Por Ana Luisa De Maio. Acercarse a la figura de Lisandro de La Torre, aparece como una aventura destinada a bucear sobre las relaciones que existen entre la personalidad de un hombre y aquello que lo rodea, comprometiéndolo en su quehacer.

Referirse a este mítico personaje en términos históricos equivale a consignar datos y fechas que nos ubican dentro de una sociedad revolucionada en ideas, con un constante sueño heroico de realizaciones épicas y una extrema necesidad de confrontar modelos de acción, sea para imponerlos o reafirmarlos. La catarata de nuevas concepciones políticas, sociales y económicas venidas desde la conformación de un nuevo pensamiento cultural subyuga a nuestro hombre de penetrantes ojos celeste-grisáceos.

Aquéllos que se ganan -por mérito propio o desaciertos ajenos- un espacio dentro de la vida de nuestra Nación Argentina, tal como lo hace “el gato amarillo”, son estudiados a través de sus actos y participaciones, pero también considerando sus desvelos personalísimos.

Don Lisandro, tal como lo llamaban sus amigos cercanos e incluso la mayoría de los autores, no escapa a las contradicciones del deber, querer y poder ser.

Nacido en el seno de una familia de origen europeo -dispersada en la emigración entre los países de México, Perú y Buenos Aires, en donde por obra del azar encalla su padre, don Lino de la Torre- asoma a la vida un 6 de Diciembre de 1868 en la ciudad de Rosario, Pcia. de Santa Fe. La fecha de su nacimiento no carece de importancia: llega con su plena juventud y rebeldía -jamás perdida- a ingresar en el torbellino de ideas, marchas y contramarchas intelectuales que durante la denominada Generación del 80, trató de redefinir nuestra concepción como país.

Equivocado o no, víctima de sus propia pasión, debatió desde los pequeños hasta los grandes temas nacionales. Desde que “el gringuito”, con sus siete años de edad, contesta a su madre – doña Virginia Paganini, sobrina nieta de Antonio Saenz, primer Rector de la Universidad de Buenos Aires-: “Yo nací para otros destinos”, se percibe que Nicolás Lisandro -tal como fue bautizado a pesar del deseo de su padre, que se presentó ante el sacerdote sin un nombre que perteneciera al santoral- creía que su misión en esta tierra no era la misma que la del común de la gente. Tanto así, que en todas sus alocuciones aparece con palabras arrogantes, un alto grado de razonamiento y lógica oratoria. Pero en ninguno de sus discursos deja de entreverse la pasión que lo dominará durante toda su vida.

Polémico, audaz, taciturno, tozudo, locuaz, enfrentado a sí mismo, solitario, defiende sus ideas como si cada una de las oportunidades fuese la última.
¿Qué atrae de Lisandro de la Torre? La recorrida por sus letras nos muestra por momentos a un hombre atormentado. ¿Podría llegar a pensarse que las discusiones alimentaban su espíritu tanto como sus lecturas tempranas de las obras de Zola, Ibsen, Renán, Spinoza, Echeverria, Sarmiento, Alberdi, entre otros? ¿Necesitaba de los enfrentamientos verbales para justificar en cada momento su propia razón de ser?

El Partido Demócrata Progresista hablaba por sus dichos: el “yo pienso” equivalía a “el Partido Demócrata Progresista piensa”. ¿No pudo, no supo o no quiso abstraerse del personalismo característico de quienes creen que por su boca resuena la Verdad? Los actos que lo mancomunaron en su accionar revolucionario y armado en los principios, lo acercaron y alejaron de figuras tales como Leandro N Alem, Hipólito Yrigoyen, Aristóbulo del Valle y hasta al Gral Uriburu. Su excesiva valoración de la amistad lo ubica incluso como consejero de quien provoca el primer golpe a la vida democrática de nuestro país. ¿Aparece ésto como una contradicción a sus propios hechos o como muestra del hombre fiel, que sin importar ideas está al lado de quienes considera sus amigos y por quienes procura bienestar? ¿Puede concebirse a un pensador de su valía, aconsejando a los que pretenden destruir por la fuerza a la Nación que alentó con su esfuerzo intelectual?

Lo cierto es que sus propias palabras y conductas, muestran a un hombre que aún a costa de haberse ganado el mote de “amargado que destila el resentimiento de su fracaso”, sigue adelante y más aún, usufructúa esa sentencia. Se muestra así desprovisto de todo límite ideal, enervándose ante cualquier minuciosidad e invitando siempre a la confrontación. En varias oportunidades aceptó integrar fórmulas presidenciales destinadas al fracaso. Declaró que no ansiaba el poder, pero hacia éste se dirigía.

“El hombre al cual deben seguir los argentinos”, palabras que se atribuyen a el Tigre George Clemenceau durante su paso por Buenos Aires, durante la asunción de mando del Presidente Sáenz Peña, delatan su imponente presencia y su “dialéctica irrefutable y lógica”, aún cuando era el desconocido -para el francés- Presidente de la Sociedad Rural de Santa Fe y Fundador de la Liga del Sur. Representó a la elite terrateniente de nuestro país, aunque eso no le permitió desconocer las consecuencias sociales y económicas del latifundio y es su propio campo al que somete a la subdivisión parcelaria.

Su voz alzada a favor de la neutralidad religiosa -que significaba la no injerencia de cualquier culto en cuestiones políticas- no le trajo pocos problemas. Es más, parecería ser éste un punto neurálgico de su pensamiento, a pesar de haber recibido de su madre una profunda fe religiosa. Desde temprana edad, descreyó de los catecismos, especialmente del católico. También se lee en las páginas de los historiadores, su profunda decepción cuando observó en el Padre Jiménez -encargado de su primera educación- , según cuentan, que prédica y acción consecuente parecían no ir de la mano. Pero la anécdota no obsta a los interrogantes que se arremolinan en torno a su figura. ¿Fue su ávido deseo de probar las cosas por su realidad y lógica científica lo que hizo de su descreimiento un discurso? O por el contrario, ¿fue su ferviente adhesión al libre pensar, sin estructuras impuestas por dominantes poderíos salidos de lo espiritual y enervados en lo temporal? ¿Sería una audacia preguntarse si su propia contradicción interna lo llevó a encauzarse y enfilarse en discusiones polémicas al respecto y hasta incluso consideradas por algunos como estériles? “Yo, que nunca creí en el peligro clerical, ni en la necesidad de precaverlo; yo que aspiraba ingenuamente a que cada cual creyera en lo que su conciencia le citase (…)”. Con estas palabras se definió.

Llegado su turno, defendió señorialmente “su” Constitución de Santa Fe (1921), cuando fue desconocida porque que dejaba fuera del texto normativo cualquier posible participación del clero católico o de cualquier otra fe religiosa. Su elocuente defensa dentro del recinto del Senado apabulla a sus contricantes ocasionales. Un hecho casual -la enfermedad de su compañero de banca Pancho Correa- le hace tomar la posta vocal discursiva. Sus palabras no son suaves, su disertación carece de los eufemismos a los que suelen recurrir los políticos que sostienen con tibieza sus convicciones. “La fuerza que avasalla al derecho es el resultado de poderosas connivencias públicas entre factores poderosos, el Presidente de la República, el Gobernador de una Provincia, el clero católico, representante de los inmensos intereses ultraconservadores y antidemocráticos de la sociedad (…) Hoy alarmado, angustiado, ante una conjuración de intereses clericales que pretende, con mentiras y tergiversaciones, destruir la Constitución de mi provincia, reconozco que he estado en un error: que el clericalismo es un peligro para nuestras libertades (…) Una Constitución Argentina está en peligro de ser anulada por una conjuración clerical!(…)”. Su alocución lo sentenció transformándolo en el “guerrero” sindicado por el clero. Con razón o sin ella, pero convencido de sus palabras, terminó en una disputa retórica y hasta personal con miembros de la Iglesia Católica.

Discutió sobre religión, fe y política. Mantuvo sus ideas hasta llegar a lo profundo de su corazón, en una mezcla de sesudos estudios científicos con rasgos de personalidad irreverente y pasional. No le importó seguir debates que llegaron incluso a desnudarlo íntimamente. ¿Tanto fue creciendo su influencia que se creyó necesario desvastarlo para acallarlo? ¿Tanta era su propia lucha interna que tuvo que terminar con su propia vida?
“(…) El misterio del universo es impenetrable y no sabemos con que fin están sobre la tierra el hombre y los demás seres que tanto se le asemejan. Una vida humana que se extingue no representa ni mas ni menos que un astro que se apaga, que un pájaro que se muere, que un árbol que se seca (…)”. Podrían atribuirse estas consideraciones a un hombre que sólo se manejara en términos de racionalidad tanto como a uno que tuviese dentro de sí un mundo especialmente formado de ensueños e ideales, rabiosamente guardado y protegido por murallas construidas por su propia conciencia. Es el hombre que atrapa.

Cansado de sus propias luchas como de su inentendible convencimiento de que tierras estériles y secas como parte de las suyas, producirían frutos y verdes por doquier, el “hombre de Pinas” no se privó de desafiar al clima que le negaba la lluvia. El armonioso conjunto universal se transformó también en un enemigo a vencer.
El orgullo que lo invade surge inequívoco “(…) Entre seguir viviendo como un muerto o morir de veras, prefiero lo segundo.(…)”. La premonición de su muerte anunciada -parafraseando a García Márquez- ¿denota un desprecio por sí mismo? ¿No se perdona lo que para él fueron fracasos y para muchos otros estandartes de libertad?

Lisandro de la Torre: el hombre revolucionario, el orador indiscutido, el cabizbajo pensador, el luchador por ilusión, el derrochador de palabras, el abrumado lector de la realidad que lo circundaba, el desafiante permanente, el retador de capa y espada, posee un lugar en la historia argentina que bamboleantemente lo coloca -si no lo ignora- como un grande o como un duro arrogante. Pero no se podrá discutir que será siempre figura enigmática y símbolo que se alza ante vergonzantes representantes y hombres públicos. Porque la pasión de sus palabras y su voz que se elevaba firme sobre los murmullos haciéndolos acallar, presentan a su elegida muerte como un inexplicable signo de derrota personal.
“(…) Nunca he encontrado la vida deliciosa (…)” Que ellos y Usted -dice en su última carta- sean felices en la medida en que esa palabra ilusoria tenga un sentido (…)”.

Quizás, Don Nicolás Lisandro de la Torre, haya encontrado en el viaje emprendido el 5 de Enero de 1939, las respuestas que nunca pudo hallar desde su propia vida.

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