Discreto encanto de la clase media

"Se dicen individualistas y apenas abren la boca empiezan a proferir banalidades tan corrientes que resultarían intercambiables con las que, pretendiéndose distintos, podrían proferir sus enemigos".

El individualismo y el conservadorismo caracterizan, en general, a la clase media

El individualismo y el conservadorismo caracterizan, en general, a la clase media

Por Manuel Quaranta. La clase media argentina es un objeto sujeto difícil de desentrañar. Un acercamiento elemental indicaría que esta clase se define por los ingresos mensuales de sus integrantes, es decir, si uno no es rico ni pobre pertenecería a la clase media. Sin embargo, las complicaciones surgen cuando una porción enorme de la gente (aproximadamente el 80%) se considera a sí misma clase media, porcentaje que es refutado por las cifras oficiales: en Argentina existe un 40% de personas en esa condición.

El fenómeno resulta sugestivo. La clase media no se decidiría entonces por su renta, sino por diferentes factores cualitativos que en principio nos aproximarían a una Weltanschauung pequeñoburguesa, asociada a determinados valores: honestidad, esfuerzo y progreso.

El término “cosmovisión” es una adaptación del alemán weltanschauung (Welt, “mundo”, y anschauen, “observar”), una expresión introducida por el filósofo Wilhelm Dilthey en su obra Einleitung in die Geisteswissenschaften (“Introducción a las Ciencias Humanas, 1914).

En Occidente el lavado de cerebro consiste en imponerle a las muchedumbres atontadas por la adicción al consumo y la dependencia al crédito usurario, la impostura, la miseria intelectual, el lugar común, los estereotipos de la propaganda, el vacío espiritual, la corrupción del gusto estético, la existencia por delegación, la erzatz de vida empírica, los valores por contagio, por obediencia o por imitación, el exilio al reino de la mercancía, la cristalización de las ideas en adhesiones y rechazos globales y aproximativos modelados por la omnipresencia del discurso ideológico oficial. – Juan José Saer, “Papeles de Trabajo II”, 2013.

El culto a la ignorancia

El viejo Sócrates recorría Atenas haciendo gala de su ignorancia, ¿qué es la valentía?, ¿qué es el amor?, ¿qué es la justicia?, ¿qué es la democracia?, rindiéndole culto con el objetivo de protegerla de un supuesto saber que aniquilaría cualquier posibilidad de seguir avanzando en la búsqueda del conocimiento. Se la denominó, a pesar del oxímoron, docta ignorancia: soy en extremo consciente de que no sé, por lo tanto estoy abierto a obtener una nueva verdad; la ignorancia así deviene condición de posibilidad de su opuesto, la sabiduría.

Pero de eso pasaron dos mil quinientos años.

Ahora las cosas son distintas.

Existe un sector de la sociedad, más o menos amplio, más o menos indiferente, más o menos deslumbrado por un periodismo destructivo – condenado, finalmente, a su autodestrucción- , que reedita el culto a la ignorancia. ¿Qué es hoy un ignorante? Desde mi punto de vista – sólo una intuición caprichosa, básica- es alguien que se jacta de ser ignorante, que lo blande como un valor, una virtud, pero no al modo socrático, para modificar su situación, sino, al contrario, porque descansa cómodo en ella; es alguien que se encuentra incapacitado para la lectura, la reflexión o el debate; no obstante esto, cuidado, muy lejos está el ignorante contemporáneo de ser un analfabeto, al contrario, sabe leer y escribir perfectamente, sólo que cuando lee, se lee a sí mismo, y cuando escribe reproduce una ideología rancia que se aproxima al odio de clase más arcaico. ¿Qué es actualmente un analfabeto?

Ampliemos.

Para eso voy a citar un artículo escrito en 1983 por un sociólogo que advirtió a tiempo su error y se dedicó a la literatura, Rodolfo Fogwill; el texto, “Asís y los buenos servicios”:

“Porque lo menos útil (y lo más feo) es el no saber. El no saber oprime, asfixia e indigna, porque detrás del no saber hay alguna autoridad o un veredicto inapelable”.

El no saber, según Fogwill, pareciera implicar la reproducción maquinal de un discurso cuyo status vertitativo jamás se cuestiona, el no saber no habla, es hablado. Pero ¿es hablado por una facción del periodismo desquiciado o por el propio deseo destructivo disfrazado?

Sigamos.

“Decía Pasolini que el no saber era lisa y llanamente fascista. Raro Pasolini: siempre vislumbraba fascismo detrás del no saber y siempre veía, en la trastienda del fascismo, una buena botellita de vino y una familia constituida; no sé por qué”.

Fogwill sabe: en la trastienda del fascismo – vía Brecht- siempre está una parte de la clase media asustada – Roland Barthes agrega: “La pequeña burguesía no es liberal (ella produce el fascismo, mientras que la burguesía lo utiliza)”- . Obsesionada con su sueño prestado y dispuesta a todo – a todo- para mantener sus privilegios.

Es esa clase media – justamente Pasolini abre su extraña novela “Teorema” precisando: “Se trata de una familia pequeñoburguesa: pequeñoburguesa en sentido ideológico, no en sentido económico”- , creo, la que tiene una enorme facilidad para banalizar las cosas – recordemos la célebre fórmula de Marx: “todo lo sagrado es profanado”, manifestada ante el avance de una clase esencialmente destructiva: aquí la figura paradigmática la representaría el turista típico, ahogado en su propia imposibilidad de conocerse, intenta conocer el mundo, programa destinado, desde el comienzo, a un rotundo fracaso- . Dos ejemplos simples: insinuar que el gobierno de Cristina Fernández es una dictadura resulta una horrible banalización de lo que ese término simboliza en nuestro país – con sus 30.000 desaparecidos a cuestas- ; calificar de nazi los procedimientos del kirchnerismo también es una banalización de dudoso gusto, pasando por alto las millonadas de cadáveres que dejó el régimen concentracionario.

(Paradójicamente, los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los sistemas mencionados nunca podrían haberse concretado sin la aquiescente indiferencia, la apacible omisión, o la vergonzante ayuda de los sectores que se autodefinen clase media o “gente común” – supuesto sinónimo de inocencia- ; la categoría construida por Hannah Arendt sobre la banalidad del mal apunta al significativo papel del ciudadano promedio en la consecución de las masacres).

(De todos modos, la banalización más brutal -promovida también por las políticas nacionales- es tolerar la imposición de una lógica mercantil como forma primordial de las relaciones humanas: comprar, usar, descartar, volver a comprar; la vida entera devino un ejercicio demencial de consumo: “El pensamiento calculador no se detiene nunca, no se para a reflexionar, no es un pensamiento que medite sobre el sentido que impera en todo cuanto existe”, palabras de Martin Heidegger en “Serenidad”, 1955).

Paradoja

La clase media argentina resulta fascinante. Como heredera bastarda e iletrada – esta característica es bastante reciente- de una oligarquía cuya fortuna fue forjada a sangre y fuego es capaz de vender a precio vil al integrante más querido de su familia con tal de conservar el privilegio más miserable -esto es una exageración- , pero al mismo tiempo -y quizás no sea una paradoja- , gobernada por deseos inconfesables, manipulada por intereses ajenos y alimentada por una ignorancia descontrolada, busca autodestruirse en tanto clase, y eso es natural puesto que al estar “en el medio” se transforma en un espectro: “la gente”, “la opinión pública”; una clase temerosa de caer en la pobreza o ansiosa por subir un peldaño en la escala social. La clase media, entonces, aunque visión universal, siempre pretende ser otra cosa. Todo el mundo quiere ser clase media, aunque todos quieren dejar, simultáneamente, de serlo: a diferencia de la clase alta – nunca pierden- y de la clase baja – ya la despojaron- la clase media produce sus sepultureros, que son, increíblemente, sus propios representantes. Mi interpretación penetra en un aspecto que Marx pareció omitir: la oscuridad del ser humano.

Clase media alta

Quizás la característica más notable de un sector de la sociedad que ha triunfado en los negocios – e incluso, llamativamente, de una porción que no- es que aspira a extender su victoria a terrenos en donde el capital económico es opacado por el capital simbólico.

¿Por qué, sin formación específica, algunos creen que su juicio estético debe tomarse en cuenta para dirigir políticas culturales? ¿Por qué se consideran portadores de una razón sutil cuando todo lo que saben lo aprendieron a través de los diarios y la televisión? ¿Por qué la opinión de “la gente” debería contar a la hora de abrir una discusión sobre arte, literatura o filosofía? ¿Tener mucho dinero genera cantidades afines de gusto e inteligencia? Por último, si este sector de la sociedad profesa la idiotizante religión del éxito, ¿a partir de qué criterio se validan a sí mismos en campos donde no triunfaron?

Ultima paradoja

Un rasgo indiscutible de cierta clase media es su feroz individualismo: “Yo con lo mío hago lo que quiero”. Sin embargo, de modo inquietante, puede observarse que a la hora de salir al mundo, los múltiples representantes de esta clase sólo buscan vivir – bombardeados por la publicidad- sorpresas genéricas, deleites estereotipados, emociones ordinarias, como si sintieran horror ante la posibilidad de experimentar un camino personal – ya hice referencia al turismo- . Un resumen precioso de esta paradoja nos lo brinda Juan José Saer en “La grande”: “Se dicen individualistas y apenas abren la boca empiezan a proferir banalidades tan corrientes que resultarían intercambiables con las que, pretendiéndose distintos, podrían proferir sus enemigos”.

Final

“Define a un burgués, lo pinta con muchos detalles y con un poco de desprecio, sin darse cuenta de que se está describiendo a sí mismo”, de Juan José Saer en “Papeles de trabajo II”.

Me doy cuenta.

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Una respuesta en Discreto encanto de la clase media

  1. Horacio 12 marzo, 2015 en 4:02 pm

    Muy interesante la nota sobre la clase media.

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