El Papa Francisco y sus buenas actitudes en política internacional

Aunque se trata de la misma persona, Jorge Bergoglio y Francisco pueden ser valorados de modos diferentes según la época y la función. Así es la política, de contradictoria y dialéctica, incluso con la actuación de una misma persona.

Imagen que simboliza las justas actitudes y medidas del Papa Bergoglio en temas de política internacional.

Imagen que simboliza las justas actitudes y medidas del Papa Bergoglio en temas de política internacional.

Por Emilio Marín. El jesuita sigue enhebrando buenas actitudes en política internacional. A sus posiciones ante la crisis en Siria y a favor de la paz en Medio Oriente, se suman su aporte al diálogo entre Cuba y EE UU, y el nuevo espaldarazo a Palestina.

Aunque se trata de la misma persona, Jorge Bergoglio y Francisco pueden ser valorados de modos diferentes según la época y la función. Lo bueno que está haciendo el Pontífice en asuntos internacionales de importancia, no borra la cuestionable actuación como Provincial de los Jesuitas en la dictadura militar-cívica, sobre la que escribió mucho y bien Horacio Verbitsky.

Así es la política, de contradictoria y dialéctica, incluso con la actuación de una misma persona. El arzobispo que movilizaba a alumnos y padres de colegios católicos de Buenos Aires en contra de la ley de “matrimonio igualitario”, era conservador y hasta reaccionario. Eso no se borra. Al mismo tiempo esa historia, o prehistoria de Francisco, no debe llevar a minimizar las buenas decisiones políticas, muchas veces respaldadas personalmente, que tomó quien fue ungido como pope del Vaticano en marzo de 2013. Una cosa no quita la otra y, como principio válido y general, es conveniente poner en primer plano la versión actual de un personaje, relegando su pasado a un segundo plano, existente pero no protagonista.

Bergoglio, como Putin, marcó la cancha en Siria

En el pasado inmediato, lo más rescatable del Santo Padre, como lo llaman sus millones de feligreses alrededor del mundo, puede haber sido su intervención en 2013 y 2014 para impedir una guerra de agresión de la OTAN y Estados Unidos contra Siria.

En 2011 comenzó allí una guerra que no podría ser exactamente calificada de “civil” o interna, pues los detractores del gobierno de Bashar al Assad fueron armados y financiados por potencias imperiales y sus aliados regionales. Ese presidente lo puso de manifiesto desde el primer día, cuando advirtió a aquéllas que estaban apoyando al terrorismo internacional. Y así fue, porque el “Ejército Libre de Siria” y la Coalición política que la representaba no expresaban a una oposición política democrática sino a grupos terroristas vinculados con Al Qaeda. Una de sus ramas terminó levantando cabeza como “Estado Islámico” o ISIS, y barrió con los moderados que se oponían al presidente sirio, proclamando su califato retrogrado en parte de Siria e Irak.
Quienes negaban esas evidencias debieron rendirse ante lo visto en Siria y sobre todo por el avance de ISIS en el vecino Irak, cuando en 2014 tomó el control de la segunda ciudad, Mosul. A propósito, el peligro de que caiga la propia capital iraquí no ha desaparecido pues en estos días los terroristas se adueñaron de Ramadi, en la provincia de Al Anbar.
Barack Obama estaba a punto de lanzar con sus aliados atlantistas una invasión a Siria similar a la que violentó a Libia, cuando asesinaron a Muammar Khadafy. El principal escollo fue el presidente ruso, quien convenció a Al Assad de entregar su armamento químico a inspectores internacionales y quitar ese argumento a los invasores. Junto con Vladimir Putin, el segundo gran obstáculo para esa guerra injusta fue el Papa, quien deploró públicamente la perspectiva de agresión. Él sumó mucho más que un grano de arena para que el espanto de Trípoli, que sigue siendo tanto o más grave, no se repitiera en Damasco.

El apoyo de El Vaticano a Cuba

El jesuita se movió como pez en el agua con otro dirigente de signo político e ideológico ontrapuesto, comunista, pero que comparte el origen de escuelas jesuitas en su país: Raúl Castro.

El presidente cubano ya había manifestado un profundo agradecimiento al Papa por sus gestiones diplomáticas para reanudar diálogos entre la isla y su mal vecino estadounidense.
Esas conversaciones de alto nivel tenían más de un año, con Canadá como facilitador, pero entraron en zona de definiciones a partir de que enviados de uno y otro país fueron al Vaticano, a salvo de la inquisitiva mirada de los noticieros. Así Castro y Obama pudieron hacer anuncios televisivos en simultáneo el 17 de diciembre pasado, cuando ordenaron liberar a algunos prisioneros (los tres cubanos presos en EE UU llevaban 16 años detenidos injustamente) y se comprometieron a avanzar en diálogos para la normalización de relaciones.
Ese no es un camino corto ni fácil, sobre todo por las trabas que debe remover EE UU, como el bloqueo veintitrés veces condenado por la ONU. No todos los sectores republicanos y demócratas se muestran decididos a eliminarlo. Y para La Habana, levantar el bloqueo es un asunto de principios. Está pronta a inaugurarse la cuarta ronda de negociaciones entre la estadounidense Roberta Jacobson y su contraparte cubana Josefina Vidal, pero el anuncio de apertura de embajadas no se ha podido hacer.
El 10 de mayo Raúl Castro aterrizó en Roma, recién llegado de Moscú y los festejos rusos por el 70° aniversario de la victoria sobre el nazismo. Fue recibido por el Papa durante 55 minutos en una charla amabilísima donde se intercambiaron regalos y recuerdos. A la salida y ya en una reunión con el primer ministro italiano Matteo Renzi, Castro encomió el rol de Francisco y sus mensajes, llegando al punto de manifestar que “si sigue hablando así, volveré a rezar y volveré a la Iglesia Católica, y no es broma”.
El Papa argentino viajará en setiembre a Estados Unidos y la ONU, pero hará una escala de tres días en Cuba. Castro insistió en que cuando el viajero dé misas, él irá a todas, como si lo hubiera captado como un devoto más.
Ese acercamiento dejó muy contento a un universo de sectores políticos y sociales, menos a una minoría cerrilmente anticubana. En este grupo está incluido Andrés Oppenheimer, quien el 28 de abril publicó en “La Nación” su columna titulada “La fuerza del Papa en Cuba”. Allí sostuvo: “mi opinión: si Francisco no usa su considerable influencia con el régimen cubano para acelerar las libertades fundamentales en la isla, su visita será un fracaso”.
Oppenheimer es minoría incluso en La Florida, donde escribe para el Nuevo Herald de Miami. Es que la mayoría aprueba la normalización de relaciones entre Cuba y EE UU, y agradece al Papa su rol en esa mejoría.

Bergoglio y los desesperados inmigrantes

Aunque el Papa no ha resuelto –ni podía hacerlo- el tema de los inmigrantes, sobre todo los de origen africano que mueren en el Mediterráneo mientras buscaban tocar Italia, España, etc., sí se ha pronunciado con energía sobre el particular. Él tenido palabras de aliento para con esa gente, los africanos y otros inmigrantes como los del sureste asiático. En estos días se habla de los rohingyas, que huyen de Myanmar, ex Birmania, y no los aceptan en Filipinas ni Indonesia.

En el cable de ANSA de ayer, Francisco los comparó con los cristianos y yazidíes que fueron expulsados de sus hogares en la zona norte de Irak por las barbaridades de los terroristas de ISIS.
En este último punto se tocan dos aspectos relacionados: la sensibilidad del Papa ante el drama de los inmigrantes y su postura de condena a los grupos terroristas alentados primero por EE UU y Europa hasta que pareció que escaparon a su órbita.
En este último asunto está a la vista que el Vaticano estuvo de acuerdo en que las potencias occidentales más Rusia y China negociaran como G5+1 con Irán para el acuerdo sobre el levantamiento de las sanciones imperiales contra Teherán a cambio de que los persas aceptaran más verificaciones del carácter pacífico de su programa nuclear. El Papa entendió que ese programa era pacífico y que era necesario sumar a los chiítas e Irán a la alianza para contener el califato y las matanzas del ISIS en Irak y Siria.

Reconocimieto de Palestina

Francisco ya había tenido buena onda con los palestinos, como cuando de viaje a Israel y Cisjordania, en mayo de 2014, se detuvo a orar en el muro de la vergüenza erigido por los sionistas en tierra palestina. Al mes siguiente invitó al Vaticano al titular de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, y al entonces presidente israelí Shimon Peres, a orar por la paz.

No tuvo éxito en que esos gestos abrieran camino a la negociación de paz porque entre julio y agosto el premier Benjamin Netanyahu lanzó una invasión contra Gaza que le valió críticas por genocidio contra la población civil.
Ahora el Papa hizo tres jugadas favorables a Palestina.
La primera fue anunciar, el 12 de mayo pasado, que el Vaticano tiene listo un concordato para firmar con la Autoridad Nacional Palestina, reconociendo a Palestina como estado independiente. Ya hay 134 países en el mundo que reconocen esa cualidad, de modo que a Washington y Tel Aviv se les hará muy cuesta arriba impedir tal reconocimiento en el Consejo de Seguridad de la ONU.
La segunda jugada fue recibir a Abbas para confirmarle la firma de aquel concordato. En esa entrevista el Papa llamó “el ángel de la paz” a su visitante, lo que motivó quejas amargas de Netanyahu, quien dijo estar “decepcionado”. El rabino de Roma, Riccardo de Segni, tuiteó: “todos tenemos necesidad de ángeles de la paz, pero deben ser ángeles verdaderos y paz verdadera”. No lo consideran a Abbas como adalid de esa causa.
Y la tercera actitud de Francisco fue canonizar el domingo 17 a dos monjas de origen palestino, Mariam Baouardy y Mariam Sultana Danil Ghatas. Abbas estuvo en la ceremonia y el Papa volvió a abrazarlo como si fuera el tan mentado ángel de la paz.

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