Cuando aparece el femicidio, también lo hace el fracaso

Entiendo, que decir No al Femicidio es válido por consigna, pero al mismo tiempo devela que todos los derechos y garantías de la mujer hubieron de ser vulnerados.

Una imagen vale más que...

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Por Ana Luisa De Maio. Si nos concentramos en la lucha contra el femicidio, nos falta bastante para entender el nudo de la problemática. Cuando se lamenta este delito, en general, se omite puntualizar que todas las posibles herramientas de prevención han fallado. Por eso, entiendo, que decir No al Femicidio es válido por consigna, pero al mismo tiempo devela que todos los derechos y garantías de la mujer hubieron de ser vulnerados.

Cuando la muerte aparece frente a una fémina que ha sido abusada, golpeada, maltrada psíquica y físicamente se convierte en el fracaso de todo un sistema.
Prevenir, concientizar, educar, mostrar parecen ser las formas adecuadas de ayuda, pero no las suficientes.
El maltrato y desprecio psicológico usualmente (no siempre) es la antesala del golpe físico. Es cierto que las heridas verbales como las físicas, suelen no sanar y sus cicatrices se reabren cotidianamente.

Es una lucha constante, contra una misma y los demás, que no suelen comprender la amplitud de la problemática.
Se cae en la tentación de creer que es fácil decir que no, darse la media vuelta y “chau, no te veo más”. Esa creencia es el desconocimiento total de cómo funcionan los mecanismos de debilitamiento y destrucción de la psique femenina.

Se admite y reconoce que muchas mujeres pueden percibir el alerta y alejarse. Pero muchas otras no.
Y si lo perciben, poner la distancia hacia aquél que lastima no es tan fácil. Se pierde de vista en algún análisis, que las desigualdades y exclusiones socioeconómicas también son un factor de lo que podemos llamar “el desconsuelo”. Porque es fácil desde la comodidad discursear y no entender “cómo se dejó hacer eso”.
Mujeres con o sin hijos, sin recursos o en la imposibilidad de obtenerlos como consecuencia de su exclusión, no poseen en la realidad cotidiana, la manera de salir siquiera del propio hogar donde el varón acucia y lastima.

“A dónde voy” preguntan, .. Y las respuestas que damos desde las instituciones suelen ser insuficientes.
Decimos “hacé la denuncia”, pero después de largas horas de espera, y una vez hecha, durante varios días de asistencia psicológica, la mujer sin recursos sigue teniendo Miedo, porque debe volver a su casa, día tras día, en donde habita aquél que ha denunciado. Y va directo al lugar donde el maltratador habrá recibido una notificación de la denuncia. Lo que sucede seguidamente no hace falta describirlo.

Y el círculo del silencio, comienza a rodar en todo su esplendor.
La restricción perimetral, la exclusión del hogar, son medidas paliativas que en muchas situaciones no logran la eficacia deseada. Nadie controla si se acerca o no, si rompe la puerta, o -como sucedió no hace mucho- a pesar de puertas tapiadas, aún puede tirar un trapo mojado en combustible e incendiar a todos los habitantes, mujer e hijos.
No es tan fácil. No.

Todos debemos responsabilizarnos. Algunas instituciones hacen lo que pueden y con mucho ahínco, pero el trabajo se desvanece cuando vemos que no pudimos salvar a Una, que se transforma en Todas.

No juzguemos, pensemos, exijamos, no es un día sino todos los días.
Hacen faltan refugios, casas solidarias, atención psicológica y material. Comprometerse es el principio del iceberg. Qué hacer y cómo hacerlo es el gran desafío. Sin recursos, con desigualdades culturales, mandatos incomprensibles, forzamientos insostenibles -entre otros muchos factores multicausales- se me ocurre la barrera que deberíamos levantar para seguir adelante.
El compromiso es uno, las restricciones muchas. Aún así, la convicción de lo que “debería ser” se enerva como bandera que soporta tempestades, vientos y mareas.

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