El fin de la insurrección en Argentina

La consigna “¡que se vayan todos!”, expresó por excelencia una ruptura en Argentina. Los “todos” eran, en principio, los cuadros del sistema político, los cómplices jueces de la Corte Suprema, los empresarios, aquellos que encabezaban las empresas más involucradas en el proceso, los bancos, las privatizadas, y las cadenas de comida chatarra.

"¡Que se vayan todos!". La consigna más relevante y justificada  del pueblo argentino, durante los sucesos del año 2001. Foto:  Enrique Garcia Medina

“¡Que se vayan todos!”. La consigna más relevante y justificada del pueblo argentino, durante los sucesos del año 2001. Foto: Enrique Garcia Medina

Por Carlos Pedemonte. Los días del 19 y 20 de diciembre de 2001, marcarían la culminación de la primavera en Argentina y también el final de una larga lucha social que había comenzado a mediados de los años 90.

El origen insurreccional

La insurrección de las masas a la autoridad del Estado burgués, había estallado, dando comienzo al verano más caliente para la vida institucional y de las personas del país. Nada pudo definir mejor la naturaleza insurreccional, que una de las consignas de aquellos días: “¡Qué bolud…, qué bolud…, el estado de sitio se lo meten en el cul…!” La insurrección puso fin a la ofensiva que la burguesía criolla efectuó durante la década anterior, también acabó con el Gobierno de Fernando de la Rúa, siendo esto por primera vez en nuestra historia, que el pueblo se deshace de un gobierno legítimamente constituido. La insurrección terminaría también con la convertibilidad, arma privilegiada de los gobiernos neoliberales para el disciplinamiento del mercado a la clase trabajadora. Políticas monetario-financieras, ajustes constantes (recortes a los salarios nominales para reducir los costos salariales, recortes a los gastos sociales para reducir los déficits fiscales, etc.) crearían el clima que acabaría con ese disciplinamiento. Finalmente, la insurrección acabaría con la hegemonía política del neoliberalismo. Esto no significa, que los trabajadores hayan salido beneficiados inmediatamente de esa insurrección. Sus salarios perderían en promedio alrededor de un tercio de su poder adquisitivo como consecuencia de la devaluación. La insurrección también rompió con el orden político. La otra consigna, aquella, “¡que se vayan todos!”, expresó por excelencia esta ruptura. Los “todos” eran, en principio, los cuadros del sistema político, los cómplices jueces de la Corte Suprema, los empresarios, aquellos que encabezaban las empresas más involucradas en el proceso, los bancos, las privatizadas, y las cadenas de comida chatarra. “Todos” eran los que mandaban, eran los responsables del desastre. “Y debían irse”. Su profundidad estaba precisamente en el vacío de poder que generaba, la consigna exigía que se consumara ese vacío, y no invitaba a auto postularse como representante del recambio, sino a construir en ese vacío, nuevas formas de organización social.

La restauración del orden social

El kirchnerismo no emerge de esa insurrección, sino que fue una respuesta restauradora proveniente del propio orden establecido. Este punto es central, Kirchner era un empresario millonario, había sido un gobernador exitoso y un dirigente de primera línea del partido, que formaba parte de ese orden político. Muy diferente fue el caso en Bolivia, donde Evo Morales, era un campesino cocalero, que fue parte decisiva de la resistencia. Sin tratar de emitir juicio de valor sobre los hechos y las personas, se intenta remarcar la diferencia entre los dos procesos. La relación que guardó el ascenso al poder de Kirchner fue entonces, y no podía ser de otro modo, la de completar la restauración del orden que había iniciado, su antecesor Duhalde. Algunas medidas económicas de relajación, hablamos de una moneda menos atada al dólar, de unos precios domésticos menos atados a los mundiales, contención en términos reales de las tarifas de los servicios públicos, los precios de la energía y los combustibles, una tasa de interés menos atada a los mercados financieros internacionales, protección de los sectores menos competitivos, niveles de salarios y de ganancias, menos atados a las condiciones de explotación vigentes en los procesos de producción, y la expansión del consumo interno, generaron superávit comercial y fiscal extraordinario, permitiendo la acumulación de reservas de divisas, dando comienzo al llamado “Modelo”.

La insurrección toma nuevas formas

La insurrección tomaría una nueva forma, esta vez dentro de la restauración, con la llegada al poder de Cristina Kirchner, las medidas puestas en práctica en principio con éxito, resultarían insuficientes, en medio del conflicto con el campo y la debacle financiera ocurrida en el mundo por la crisis de las hipotecas, comienzan las primeras acciones para desarmar el andamiaje neoliberal, con las nacionalización de las AFJP. Se abandona la disciplina fiscal, se reemplaza el directorio del Banco Central, se afianza la restitución de derechos al conjunto de la sociedad, dotando a los trabajadores de paritarias libres, además de un sinnúmero de normas, y acciones de índole económico-social. Se nacionalizan empresas estratégicas, se cambia el eje de interés de relaciones geopolíticas hacia China y se consolida el apoyo al sector de ciencia y tecnología, desarrollando la inteligencia nacional. Se lucharía con éxito en organismos internacionales enfrentando a los fondos buitres, dando forma definitiva al cuerpo del “Modelo”. Aunque la insurrección conviviría con la restauración del poder en una dualidad permanente, el kirchnerismo sostendría intacto el sentido insurreccional hasta el final; todas las medidas reafirmarían el rechazo al disciplinamiento del mercado sobre la clase trabajadora, en la década del 90, hasta el 2001, produciendo también una acumulación y concentración de ese mismo poder.

Final o continuidad de la insurrección

Pero los procesos comienzan y terminan, cuando Cristina Kirchner tuvo que elegir a Scioli como candidato a presidente, en lugar del ministro Randazzo, le puso fecha al final de la insurrección. Ahora la burguesía se debate en el dilema, de tratar de borrar las huellas de la insurrección del orden restaurado, y hacer sentir el escarmiento. Estará en nosotros evitarlo.

Carlos Pedemonte: [email protected]

Nota:
Línea argumental del filósofo Alberto Bonnet. Fuente: Qué fue el kirchnerismo

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