Clase media: tirarla después de usarla

Miles y miles de personas perdieron el trabajo y con ello su nivel de vida que pensaron perpetuo; hay además otros miles que con trabajos precarios y mal pagados, hoy tampoco pueden llegar con dignidad a fin de mes.

La Clase Media en Argentina es una clase atontada y temerosa.

La Clase Media es la clase social que mal utilizan los ricos para consumar sus brutales transferencias de riqueza.

Por Jesus González Pazos. El espejismo de la clase media. El espejismo de la clase media es su creencia casi ciega, en gran parte de ella, de que en la sociedad capitalista actual se produce su desclasamiento y, por lo tanto, su alejamiento de los estratos más bajos de la estructura social.

A veces se dice que estar en el medio es una lucha constante en la indefinición y cuando hablamos en términos sociales posiblemente esto es una gran verdad. Se está por encima del empobrecido, y la mayor de las veces por encima de las empobrecidas, a quienes se mira con cierta suficiencia e incluso cierto desprecio por su consideración de inferior. Es posible que la razón principal de esta visión y actitud radique en el temor a caer en ese inseguro y precario territorio social de la pobreza. Por el contrario, se mira hacia arriba con cierta envidia, pero desde el convencimiento intimo y profundo de que por mucho que el capitalismo diga que es factible, es casi imposible el ascenso a la selecta clase de “los de arriba”. Y ante esa inseguridad permanente, la clase media se pretende a sí misma, se piensa fuera del sistema de clases, se desclasa en su espejismo.

La fase actual del capitalismo, la que se corresponde con los últimos 40 años, la neoliberal, va ligada directamente al consumismo y al individualismo.

Para ello, con ese fin del desclasamiento, es importante acomodarse en el refugio del crecimiento continuo, el desarrollo individual y el bienestar egocéntrico. Y todo ello en la inmediatez del presente. Se obviará el pasado, al considerar el mismo como vano, inútil; pero se ignorará igualmente el futuro, por la incertidumbre a la que éste aboca. Y así, no se planifica para las generaciones futuras, ni tan siquiera para los propios años venideros de cada uno, sino para el momento; el famoso eslogan de vive el momento, sin mirar atrás ni al futuro lejano, se hace consigna.

Por supuesto, el sistema dominante hoy, especialmente en los términos económicos y políticos, pero también sociales y culturales, opera y empuja hacia estas creencias y actitudes ante la vida; persigue que se interioricen y se sientan como algo natural. Porque además, el capitalismo nos dice por infinidad de medios que ya no hay clases. Y la idea contraria se dibuja como algo viejo, obsoleto, como una visión anclada en el siglo pasado y, por lo tanto, impropia de las sociedades modernas a las que ya pertenecemos todos y todas en este siglo veintiuno. De esta forma, éste conseguirá que esa amplia clase media se constituya en conservadora desde su pretendido desclasamiento para mantener lo que tiene, lo que considera ya su privilegio y, por lo tanto, se construya como fuerza sustentadora del sistema dominante.

La fase actual del capitalismo, la que se corresponde con los últimos 40 años, la neoliberal, va ligada directamente al consumismo y al individualismo. Y estos factores definidores se desarrollan especialmente en el seno de la clase media, de una forma un tanto esquizofrénica. Evidentemente, las clases empobrecidas difícilmente entran en esta situación, y para las clases altas es su modo de vida natural. Así, la sociedad del bienestar se conjuga con consumo permanente y esta clase media será quien mejor asuma e integre en sí misma este postulado. Por eso se aferrará, conservadoramente, al concepto dominante de bienestar individual como fin último de la vida, y no al buen vivir colectivo. Es su elemento, nuevamente como espejo falso, de su hipotético proceso de desclasamiento.

Sin embargo, también en estos últimos 40 años hemos podido comprobar que el neoliberalismo es como Roma, “no paga a traidores”. Cuando ese neoliberalismo económico pasa a someter plenamente al ámbito de lo político, imponiendo sus programas de austeridad, ajustes estructurales, privatizaciones y recortes de derechos, una gran parte de esta clase media conformista, plenamente conservadora o levemente reformista, se verá zarandeada sin compasión y muchos miles de sus miembros, aquellos que se pensaron fuera del sistema de clases y a salvo en su individualismo, comprobarán que no solo no lo eran o estaban, sino que pasan a engrosar la clase empobrecida, la clase trabajadora precarizada.

Durante los años noventa del siglo pasado, en la que se conoció como década perdida, América Latina sufrió la imposición sin miramientos de esas medidas de austeridad. Resultados y consecuencias graves de éstas fueron muchas, pero para lo que nos ocupa, subrayar como la delgada clase media que entonces existía en ese continente, prácticamente se esqueletizó hasta casi desaparecer. En su inmensa mayoría fue arrojada inmisericordemente al empobrecimiento.

El sistema neoliberal contó que todos y todas éramos (des)clase media, orientada al bienestar mediante el consumo, el individualismo y la inmediatez. Pero con la excusa de la crisis económica las medidas de austeridad nos “despertaron a la pesadilla”.

No sería hasta muy recientemente, precisamente como resultado del llamado periodo progresista en ese continente cuando esta clase inicia su recuperación y, gracias a las medidas posneoliberales y al mejor reparto de la riqueza en muchos países, se ha engrosado con varios millones de personas (en algunos países se registran tasas de disminución de la pobreza de hasta más de 20 puntos). Y, precisamente, poniendo por un momento la atención en este periodo de transformación social actual en América Latina y en ese nuevo florecimiento de la clase media, posiblemente uno de los mayores riesgos que hoy se dan, es nuevamente que resurja ese espejismo del desclasamiento, de la aparente despolitización de la clase y su reversión al conservadurismo ante la incertidumbre de seguir profundizando los procesos de transformación. Quizás esto tenga que ver con el hecho de que este periodo de cambios ha trabajado principalmente en las condiciones políticas y sociales, sin actuar tanto sobre las económicas, culturales y de valores, en suma, sobre el sistema de ideas (ideología), que no se alteran respecto a las introducidas o interiorizadas anteriormente por el capitalismo neoliberal.

En el mismo sentido, de alguna forma algunos de estos mismos procesos descritos rápidamente para el continente americano, con sus características propias los hemos podido ver en los últimos años en la llamada Europa del sur. El sistema neoliberal contó que todos y todas éramos (des)clase media, orientada al bienestar mediante el consumo, el individualismo y la inmediatez. Pero con la excusa de la crisis económica las medidas de austeridad nos “despertaron a la pesadilla”. Miles y miles de personas perdieron el trabajo y con ello su nivel de vida que pensaron perpetuo; hay además otros miles que con trabajos precarios y mal pagados, hoy tampoco pueden llegar con dignidad a fin de mes. Los y las desclasadas, de repente, comprendimos que en la sociedad capitalista, se pinte como se pinte, con unos u otros matices, hay clases, y el corazón de dicho sistema es duro y frío para con quienes no están en su cúspide.

Evidentemente, en este contexto, hoy resulta urgente que esas miles de personas, hombres y mujeres que se pensaron fuera del sistema de clases y hoy descubren que fue un espejismo creado por el mismo para su mantenimiento, recuperen la consciencia de quién se es y qué lugar se ocupa en la sociedad y si eso es justo y/o cambiable. Por esto último, también reconocerse en el hecho innegable de ser sujetos políticos activos para la transformación, abriendo así la puerta a verdaderos procesos que no sigan profundizando en la desigualdad social y el empobrecimiento de las grandes mayorías.

Jesus González Pazos, Miembro de Mugarik Gabe.

Fuente: Rebelión

Comentario de Contrainfo:

“Roma no paga traidores”

Allá por el año 150 a/C, cuando los romanos controlaban una buena parte del mundo conocido, en Lusitania, un cónsul llamado Escipio debió enfrentar a un movimiento independentista. Como la tarea de represión era muy dificultosa, decidió asesinar al líder de los rebeldes, llamado Viriato (180-139 AC); pactó, entonces, con tres nativos, cercanos a Viriato, para que lo asesinaran a cambio de una gran recompensa. Perpetrado el crimen, los asesinos se presentaron ante Escipio reclamando el pago de la recompensa. Entonces, el político romano les dijo: “Roma no paga traidores”. Así, les hizo sentir la humillación por haber actuado en contra de la ética imperante aún cuando él mismo había sido el gestor del acto. La traición siempre fue un acto despreciable. Desde entonces, resulta útil para condenar a personas que proceden traicionando, aunque uno sea el autor intelectual del hecho.

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