Corrida de toros: estética y ritual del crimen

El toro se derrumba agonizando sobre la arena. La sangre le ahoga, le asfixia. Las moscas acuden al olor de la sangre y de las heces que al toro, como a cualquier muerto, se le escapan. Es el momento elegido para darle el descabello. Un subalterno especializado clava un pequeño cuchillo, puntilla, en la nuca del toro dándole el golpe de gracia.

"Tauromaquia". Picasso, 1957.

“Tauromaquia”. Picasso, 1957.

Por Antonio San Román Sevillano. Estética y Ritual del crimen. Ayudado por otro hombre, el matador se va aprestando un vestuario que se completa con una chaquetilla, unos pantalones ajustados, que realzan la masculinidad del cuerpo del torero, y unas manoletinas como zapatos. El ritual se corona con el tocado denominado montera.

“El pobre escarabajo al que pisamos
en su cuerpo sufre un dolor tan grande
como el gigante cuando muere”

Shakespeare, “Medida por medida” Escena 1

No existe la neutralidad. Incluso el que calla toma parte en la lucha. Quien asustado y confundido por los acontecimientos se refugie en su exilio interior, quien convierte el arma de la palabra en un juguete o en mero adorno, quien, aclarado, se resigne, se condena a sí mismo a la esterilidad social. Anna Seghers.

Tres minutos de bellas imágenes cinematográficas en un videoclip que nos pormenoriza el método y ritual necesarios para ajustar el traje de matar. Protagoniza el corto un joven heredero de una –o varias, no sé- saga de matadores. Como segunda profesión: modelo.

Blancos y negros mezclados con el color forman un videoclip seductor. En un mundo regido por la imagen, la estética percibida motiva para seguir viendo más.

Ayudado por otro hombre, el matador se va aprestando un vestuario que se completa con una chaquetilla, unos pantalones ajustados, que realzan la masculinidad del cuerpo del torero, y unas manoletinas como zapatos. El ritual se corona con el tocado denominado montera.

Todo él deriva de las bandas que en el siglo XVII los ayuntamientos organizadores de los festejos daban a los primeros toreadores profesionales, navarros y andaluces, que acudían a lidiar los toros.

Con la llegada de nuestra actual democracia, grandes diseñadores de moda han contribuido a crear trajes especiales, resaltando las tradiciones pictóricas goyesca o picassiana, para grandes figuras del toreo. Incluidos el matador protagonista del videoclip y su hermano.

Detrás de esta mutación existe una evolución social. Un desarrollo cultural. Los matadores de toros ya no son los nobles medievales ayudados de sus pajes. Generalmente, desde el siglo XVII, son hombres del pueblo que viven y, algunos, se enriquecen, matando los toros en las fiestas populares.

El proceso de vestir el cuerpo desnudo del hombre es la antesala del ritual para la lidia y muerte de un hermoso animal, un toro. Un drama que otorga más importancia al personaje que a la trama. Su elemento fundamental es la reivindicación de la voluntad del héroe, el torero. Los actos del héroe marcan el sentido de la tragedia y las contingencias externas, de las que éste no es responsable, poseen una importancia secundaria. La tragedia parte de una situación inicial que pone al héroe en compromiso y lo conduce a afrontar su propio destino ante la muerte, la del animal o la suya propia. Unos ideales movidos por la fuerza interior del personaje le exigen actuar y le permitirán imponer su voluntad sobre el animal.

Vestir el cuerpo, tapando el cuerpo desnudo pero no ocultándolo, sigue la tradición de las manifestaciones paganas del culto a la belleza de la plenitud corporal exhibida en su desnudez, exteriorizada en la danza y en la competición atlética. La sociedad hispana, controlada por la religiosidad cristiana, no permite la desnudez. Pero si el traje de luces oculta la desnudez, al tiempo realza las formas sexuales masculinas de forma grosera.

Bajo el sol ardiente de una tarde de verano, período álgido del año en que se celebran las corridas, el lidiador, el conjunto de lidiadores/toreros son llevados hasta la plaza/ruedo/coso, generalmente, en coches de lujo. Sus ayudantes o subalternos les siguen en furgonetas o minibuses. En la puerta de la plaza les esperan numerosos aficionados. Los que, habitualmente, no pueden pagarse una entrada. Se conforman con ver a sus ídolos con la mayor o menor cercanía que permitan las ventanillas de los automóviles.

Lidiar: Taurom. Burlar los ataques de un toro practicando las distintas suertes hasta darle muerte. (Diccionario ideológico de la lengua española. Julio Casares).

Lidia: el juego-danza en el que unos hombres someten a un toro, hasta la muerte de éste por estoque, tras haberle clavado cruelmente en varias ocasiones una pértiga y unas banderillas.

Las cinco de la tarde

El festejo público comienza con el paseíllo. Sobre el espacio geográfico del ruedo, círculo de madera rodeando la arena, se pone en escena una historia de pasiones desenfrenadas entre un triángulo de personajes: el torero, el toro y el público. Las pasiones personales de cada torero. El desconcierto, miedo y sufrimiento físico del toro. La pasión venal del espectador que desea contemplar el baile de la muerte actuando.

Abren el paseíllo de las cuadrillas uno o dos alguacilillos, jinetes vestidos generalmente de época barroca. Serán los encargados de llevar a las cuadrillas bajo el palco de autoridades que presiden la corrida. Saludan a la misma, y se desplazan uno por cada lado del ruedo despejando plaza hasta reintegrar su caballo a las cuadras. Durante el resto del festejo, serán los encargados de las llaves de toriles, transmitir las órdenes de presidencia y entregar los trofeos a los toreros. Tras los alguacilillos,en formación solemne desfilan las cuadrillas que intervendrán en la lidia. Formadas por los matadores, generalmente tres, seguidos de sus respectivos subalternos: banderilleros, picadores y mozos de espadas. A continuación, les siguen los mulilleros guiando el tiro de mulas encargado de arrastrar fuera del ruedo el cadáver del toro muerto. Los monosabios son los encargados de ayudar al picador y su caballo gualdrapado. Cierran el desfile los areneros, encargados de tener en buen estado la arena del ruedo.

Atraviesan el ruedo hacia el palco de la autoridad competente. En una corrida de toros, el ruedo es el espacio geográfico de la realidad. El ruedo, el albero, es un espacio vedado a la multitud, espacio ideal al que sólo pueden acceder las individualidades privilegiadas que destacan de la aglomeración amorfa. Esta tiene su espacio en el graderío, protegidos con la distancia y en la masa. El ruedo es el símbolo del héroe que peleará contra el toro en nombre de todo. Un héroe que determina una idea de raza mítica, que se manifiesta abstracta en los sentimientos bajo el sol ardiente de la tarde, una raza que se opone al perfeccionamiento de la civilización, de tiempos nuevos.

El conjunto de las cuadrillas, pide permiso a la autoridad competente para iniciar la lidia. La autoridad suele ser un político gobernante.

Con un toque de clarines se anuncia el permiso para abrir los toriles y que salga el toro sacrificial.

Se abre la puerta de toriles. Un animal, semicegado por la repentina luz, asustado, enfurecido, manipulados sus cuernos, sale a un recinto limitado, cerrado, lleno de ruidos extraños –incluida la música-.

El matador, con un enorme capote, tantea la fuerza, las tendencias del embiste –querencias, las denominan- y debilidades del animal. En esta tarea le ayudan sus subalternos, en ocasiones algún compañero de lidia, que van citando al animal desde distintas partes del burladero. Le hacen correr inútilmente tras la sombras de los capotes con la finalidad primera de conocer su calidad de embestida. Y, como segunda, cansarle físicamente para que con la pérdida de fuerzas sea menos peligroso.

A continuación, realiza la faena con el capote tratando de lucirse con pases más o menos perfectos en la estética de la lidia, que dependen de la destreza del matador y de la nobleza en su embestida del animal. De esta manera el torero continua comprobando las tendencias de embiste y debilidades del toro.

Se inicia el tercio de varas. Un hombre montado a caballo, vestidos y protegidos ambos para la ocasión, clava en lo alto del toro, en el morrillo, una gruesa pica. Siguiendo las instrucciones del matador, clavará la pica con más o menos saña las veces que se crean necesarias. Las suficientes para debilitar al animal sangrándolo, lo que facilita al matador la posterior labor de burla y lidia con la muleta y el estoque.

En la lidia normal, los picadores son a lo que queda reducida la tradición de los nobles que mataban los toros con lanzas.

El toreo a caballo con rejones de muerte es lo que realmente queda de herencia de la nobleza medieval alanceadora de toros.

Tras la sanguinaria y cruel serie de puyazos, el matador, o algún compañero de lidia, prueba el estado de fuerzas del animal con nuevos capotazos. Si el matador de turno está conforme con el debilitamiento del estado físico del animal, pide permiso a la autoridad para dar paso al tercio de banderillas.

Nuevo toque de clarines. Los subalternos especialistas, llamados banderilleros, clavan hasta seis arpones, engarzados en palos de madera, que quedan colgando desgarrando el lomo del animal. Ciertamente los banderilleros se juegan la vida ante las reacciones agresivas de un animal que se siente atacado y herido.

Tercio de muerte

En el siglo XVIII se inició el uso de la muleta y la costumbre de matar al toro cara a cara con el estoque.

El tercio se inicia con el brindis de la muerte del toro a la autoridad que preside la corrida, o a alguna persona presente en el festejo, respetada o/y estimada por el matador y/o el público.

Se inicia la suerte de muleta en silencio. Sólo murmullos de charlatanes y aburridos se escucha en la plaza. El torero, si no ha brindado la muerte del toro a la autoridad competente, le pide permiso a ésta para brindársela a otra persona, especial para el matador, o al público en general. En este caso se dirige al centro del ruedo con la muleta y el estoque en la mano izquierda y la montera en la derecha. Desde el centro del ruedo, da un giro completo con su cuerpo alzando bien la montera ofreciendo la faena y la muerte del toro al respetable, al público, que aplaude. Al terminar el giro, arroja la montera hacia atrás por encima del hombro. Se considera de buena suerte que la montera quede sobre la arena bocabajo.

El matador de toros, con la muleta, generalmente ayudándose de un estoque, que puede ser de madera, inicia la última danza con el toro. En un proceso normal de lidia, es una danza de burla y muerte entre el torero, protegiéndose con la muleta, el engaño, y el toro, un animal cegado, golpeado, llagado, desangrándose.

El golpeteo continuo en el lomo de los palos de las banderillas, sumado al dolor que producen los arpones bailando colgados de la piel, excitan al animal, que trata de defenderse del dolor atacando al torero que le reta tras las sombras de la muleta. Aunque menores, estas heridas contribuyen al desangrado, que ya han iniciado los anteriores puyazos.

Si la faena gusta al respetable y a la autoridad, y generalmente porque sí, la banda de música ejecuta una serie de pasodobles que crean un ambiente festivo envolviendo al público y al torero en su danza con el toro. Éxtasis o hipnosis. No se mueve a un pueblo con colores. Las banderas nada pueden sin las trompetas. (Deleuze y Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, 1980, p. 345)

La danza es un proceso catártico, en el que el cuerpo se muestra en toda su esencia física. El problema fundamental reside en la proyección de la mirada de los personajes sobre el cuerpo que danza. El torero danza ante la víctima sacrificial. Ésta, el animal herido, ve el movimiento, las sombras que le están atacando, hiriendo. Involuntariamente colabora como víctima en la danza sacrificial, que se desarrolla ante los espectadores. El conflicto básico se desarrolla entre el cuerpo del torero, el cuerpo de la víctima y la mirada enardecida, excitada de los espectadores. La danza alimenta el deseo libidinoso de estos, despertando en ellos un fuerte arrebato pasional, que sirve para construir su ideal abstracto del valor masculino.

Una vez que el lidiador ha demostrado su maestría de burlador/bailarín con el toro, que para entonces está casi anulado por la pérdida de sangre, se prepara para matarlo. Es el momento culminante de la lidia, que se inicia con la elección de un estoque verdadero. El torero se asegura de que la posición del toro sea la ideal para que la estocada sea más efectiva. Se acerca al toro, que, en un acto defensivo, arranca contra la sombra que se tira sobre él. El matador se estira por encima de los cuernos y trata de clavar el estoque entre los omóplatos del animal, al mismo tiempo que procura evitar que, con una sacudida defensiva, el animal le clave los cuernos. La estocada perfecta corta la aorta y provoca la muerte casi instantánea del animal. Si bien, una mayoría de veces se precisan varios intentos hasta acertar con la arteria. En algunos casos se requiere el golpe de gracia en la nuca mediante el descabello. Si el matador no es muy hábil, o tiene un mal día, podremos ver como la punta de la espada puede aparecer saliendo por la piel que cubre el vientre del animal. Lo consideran un bajonazo.

El toro se derrumba agonizando sobre la arena. La sangre le ahoga, le asfixia. Las moscas acuden al olor de la sangre y de las heces que al toro, como a cualquier muerto, se le escapan. Es el momento elegido para darle el descabello. Un subalterno especializado clava un pequeño cuchillo, puntilla, en la nuca del toro dándole el golpe de gracia.

Dependiendo de la calidad y belleza de la lidia se otorgan trofeos como las orejas y el rabo, que se le cortan al animal muerto. El matador las acepta de manos de uno de los alguacilillos que abrieron el paseíllo. Se abrazan. El matador enseña triunfante los trofeos al público, respetable, que aplaude con más o menos fervor. El matador inicia una vuelta al ruedo seguido por su cuadrilla. Los componentes de ésta van recogiendo diversos regalos que miembros del público lanzan como premio/regalo para el matador y su cuadrilla. Sobre la arena caen flores, panes, botas de vino, sostenes y bragas, sombreros,… Los sombreros son devueltos al donante por un miembro de la cuadrilla y, a veces, por el propio matador. La cuadrilla da tantas vueltas al ruedo como el público acepta que se merece. El matador, en ocasiones, lanza orejas y rabo al público. Finaliza la ronda saludando mano en alto a todo el respetable desde su lugar en el ruedo. Culmina con un abrazo simbólico a todo el respetable agradeciéndole su aprobación de la faena.

Al finalizar todo el festejo, si la actuación de un torero o más ha satisfecho en alto grado a los espectadores, algunos de estos pueden sacar al torero o toreros a caballo sobre los hombros de uno o varios de ellos y pasearlos por las calles de la ciudad hasta el hotel donde se hospeda/n el matador/es.

Los seres humanos proyectan sus intereses y necesidades hacia el dios que conciben a su imagen y semejanza (no al revés) como hacia la naturaleza que estaría dispuesta para servirles, y lo hacen en función de <>. (Spinoza, LI) En algún bar de los alrededores del coso taurino se sirven guisados rabos y orejas de los toros lidiados, que los aficionados consumen con la viril delectación del macho triunfador. Han delegado en otros el enfrentamiento y ejecución de los toros. La comunión con el matador se ha completado.

La corrida de toros está considerada como lo español más tópico: El universo de la pasión y del instinto. El arte no es nada sin la comunidad racial que le da sentido y valor.

La noche cae sobre la ciudad.

Nota:

Jean Michel Palmier, “Del expresionismo al nazismo. Las artes y la contrarrevolución en Alemania (1914 – 1933)”, en María Antonieta Macciochi, Elementos para un Análisis del Fascismo, tomo II, España, El Topo Viejo, p. 169.)

Fuente: Rebelión

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