Final con Hillary y Trump: el triunfo de la idiocracia

Trump ya ha comenzado su viaje al centro, pretende parecer presidencial y hasta ha presentado una lista con sus precandidatos para la nominación del Supremo. Hasta se ha reunido con Henry Kissinger, el oscuro arquitecto de la política exterior estadounidense desde mediados del siglo pasado.

La idiocracia yanqui ya tiene sus dos contendientes

La idiocracia yanqui ya tiene sus dos contendientes

Por Diego E Barros. Bienvenidos a idiocracia. ¿Puede Trump ganar las elecciones? Es difícil, pero no imposible. El magnate y Hillary Clinton son los dos candidatos más detestados de la historia electoral de EE.UU. Nadie supo verlo. Mienten los que hoy dicen yo ya lo avisé, como bellacos. Un reputado articulista de The Washington Post ha tenido incluso que comerse (literalmente) su propia columna. Y nadie supo verlo porque en realidad nadie quería verlo. Porque todos, y aquí me incluyo, nos lo tomamos a broma. Un chiste malo, pero un chiste al fin y al cabo.

Al menos la campaña será divertida. Donald Trump, The Donald, el showman deslenguado y bravucón había amagado antes pero ahora se había decidido a dar el salto. Uno más a unir a esa cuerda de 16 chiflados (con las excepciones quizás de Jeb Bush y John Kasich) que se citaron al principio de la carrera para convertir el proceso de primarias del Partido Republicano en el mayor espectáculo político de los últimos años.

Para presenciar los primeros debates, lo mejor que podía hacer un espectador era pertrecharse de palomitas, abrir una cerveza y recostarse en el sofá. Y sonreír, a veces carcajearse. Porque siempre había uno que soltaba una estupidez más grande que la del anterior. Y en la mayoría de las ocasiones, ese era Trump. Que si el muro en la frontera de México, país que solo enviaba violadores y narcotraficantes, que si China “nos viola” (por si no fuera poco con los indocumentados procedentes del sur de Río Grande) o que si EE.UU. (sí, Estados Unidos, el todavía imperio que nos gobierna de una manera u otra) estaba al borde del apocalipsis o que si hay que prohibir la entrada de musulmanes y confinar a los que ya están aquí en campos. Y así un largo etcétera. Y todos nos reíamos con la tranquilidad de saber que esto tenía que acabarse en algún momento y que, mal que bien, el Partido Republicano volvería a ser el de siempre y escogería a un burócrata neoliberal cuyo amor por el libre mercado solo era comparable al que profesaba a Dios-creador, su perfecta mujer y sus perfectos hijos en su perfecta casa de ladrillo rojo colonial con valla pintada de blanco.

Pero no. Uno a uno todos fueron cayendo.

Trump, como el dinosaurio de Monterroso, seguía ahí, en el centro de la imagen, aupado por las encuestas, a su vez, sostenidas por las mismas pantallas en las que el showman se mueve como pez en el agua.

Nadie quiso verlo porque en realidad nadie quería dar por válidas dos tesis demoledoras: primero, el Partido Republicano se había alejado definitivamente de sus bases; y dos, estas han forzado han forzado la colonización de los idiotas.

Si toda historia tiene un principio el de esta hay que buscarlo el 4 de noviembre de 2008. Aquel día Barack Obama venció a John McCain (que en otro momento habría sido presidente con los ojos cerrados) con 365 votos electorales frente a los 173 del republicano. Una paliza. Obama había hecho historia al convertirse en el primer afroamericano en ser elegido presidente de los Estados Unidos. Muchos pensaron(mos) que, por fin, EE.UU. había dejado atrás su pecado original.

Frente a cientos de sus conciudadanos en el parque Grant Park de Chicago Obama proclamó: “El cambio ha llegado a los Estados Unidos.”

Realmente no, como movimientos como el Black Lives Matters nos recuerdan a diario. Pero aquella era una noche preciosa y el mundo amanecería al día siguiente convertido en un lugar mejor.

El hecho de que después de lo mucho que se ha andado (el país es un lugar mejor, solo busquen una balanza: derechos civiles para homosexuales y transexuales, reforma sanitaria, apertura hacia Cuba, deshielo con Irán y niveles macroeconómicos…) estos ocho años tengamos a Trump como posible sustituto de Obama hace pensar que el cambio producido no ha sido apreciado por muchos. Quizás demasiados y no precisamente en los términos adecuados.

Nada más cruzar las puertas de la Casa Blanca el único saludo que recibió desde el otro lado fue un sonoro y gran “No”. Desde el principio los cargos del Partido Republicano enseñaron qué iba a guiar su estrategia para con el nuevo inquilino durante los próximos años: No a todo lo que emanase de la Casa Blanca. Y mientras, Obama hablaba de “bipartidismo”, de “subsanar heridas históricas” y de “nación unida” que, al menos, le granjearon un premio de consolación envenenado. El Nobel de la Paz. De aquellos polvos estos lodos. Pero qué quieren, Obama es lo más cerca que estaremos nunca de meter en la Casa Blanca a un Jed Bartlet que, para colmo, también tenía un Nobel aunque fuera de Economía.

Ahí estaba Obama, más apreciado fuera que dentro de su propio país. Nadie lo decía, claro, pero el afroamericano llegó con otra cosa bajo el brazo: haters. Odiadores profesionales antes de que incluso comenzáramos a saber de esta especie que tiene su hábitat natural en las redes sociales. Los haters de Obama comenzaron a salir de debajo de las piedras, bastaba con que el presidente respirase,  y encontraron su ecosistema natural en la radio: comentaristas como Rush Limbaugh, Glenn Beck, Michael Savage, Sean Hannity o Mark Levin lanzaban a diario diatribas desde sus micrófonos.

A Obama no lo odian por “socialista” (¡ja!), ni siquiera por liberal en el sentido americano. A Obama lo odiaron (lo odian) simple y llanamente porque es negro. N-E-G-R-O, Nigger, la temible N-word considerada ofensiva hasta en boca del propio presidente. El colmo de los colmos. Y esta es también una de las razones por las que muchos adoran a Trump: dice lo que quiere más allá de la DICTADURA-DE-LO-POLÍTICAMENTE-CORRECTO aunque lo dicho emane puro racismo.

Este grupo de comentaristas combinó el odio visceral al presidente con un inmediato apoyo a Trump (a excepción de Beck que apoyó a Cruz, pero Beck está como una regadera) tan pronto como este se lanzó a la piscina. La razón era simple: el magnate decía desde el campo “político” lo que ellos llevaban años pregonando desde las ondas.

Al mismo tiempo, al Partido Republicano le crecía un primer sapo, el Tea Party. Fue a principios de 2009 cuando el heterogéneo movimiento (ultraconservadores, libertarios, nacionalistas, ultra liberales económicos…) tomó forma. Aunque venía de los últimos meses de la Administración Bush y sus decisiones intervencionistas para evitar que el crack del año anterior se llevara a todo el sistema por delante, fueron las decisiones continuistas (y proteccionistas, puro keynesianismo) de Obama las que provocaron el psicodélico lema de “I WANT MY COUNTRY BACK!” (Quiero que me devuelvan mi país).

Nadie sabe quién había robado el país al Tea Party. En realidad sí: el negro. Y por extensión, todas las minorías. Pregúntenle a Laura Ingraham o a Ann Coulter, otras estrellas del pensamiento ultramontano. Un ejemplo: para Coulter el fútbol que se juega con el pie es síntoma de la “decadencia moral” de EE.UU., mientras que el aumento de la población hispana, el responsable de que este pueda acabar convertido en un “agujero infernal”.

Ante la flagrante omisión de responsabilidades los republicanos se van a tener que comer a Trump y cruzar los dedos para que el ridículo no sea aún mayor. Pese a los amagos con no respaldarlo, el aparato acabará pasando por caja. Llegados a este punto, no hacerlo sería suicida.

Fue, decía, Donald Trump el encargado de ponerle el cascabel al gato, al menos a gran escala. Detectó que en las bases del PR había nacido un nacionalismo que no se reconocía en su establishment (estas han sido las primarias con más candidatos del aparato del partido). Agitó primero el fantasma nativista; Obama (el negro), en realidad no era “uno de los nuestros”. El hijo de un keniata y una blanca criado por sus abuelos (blancos) en Hawái, previo paso por el mayor país musulmán del Sudeste asiático y que además se llamaba Barack Husein; Husein que suena además a terrorista y bla, bla, bla. Tanto gritó que la Casa Blanca tuvo que ceder y enseñar el certificado de nacimiento del presidente. La locura.

Que según la enésima encuesta de opinión para NBC, los votantes del Partido Republicano confíen más en el histriónico hombre naranja que en su cargo electo más importante, Paul Ryan, tiene unos claros responsables y están en casa.

Desde el advenimiento del Tea Party, el partido ha dado rienda suelta a las estupideces. De otra manera no se explica que ya en 2008 colocara como compañera de McCain a Sarah Palin, conocida por divisar Rusia desde su casa de Alaska. A partir de ahí ya puede esperarse cualquier cosa.

No es la primera vez que han tenido candidatos chiste. Ahí están Herman Cain o Michele Buchanann quienes, al principio, también encandilaron a los votantes hasta que el escrutinio público dejó a la luz no solo sus vergüenzas sino su ineptitud. Fue el caso de Palin, tan cualificada para el puesto de vicepresidente como un palo de madera. Todo el mundo lo sabía, incluido ella, por lo que en 2012 ni se molestó en hacer campaña. Es cierto que tras un momento de esplendor donde el Tea Party consiguió colocar a muchos de sus hombres en el Congreso (2010), con el paso de los años, su influencia se fue diluyendo y en las presidenciales de 2012, el ticket volvió a ser de lo más clásico: Mitt Romney (dejemos a un lado su condición de mormón) y el propio Paul Ryan. Pero el aroma ultramontano nunca se fue del todo.

Trump movía sus cartas a sabiendas de que el caldo de cultivo, un gran enfado transversal iba en aumento. El escenario perfecto para el advenimiento de los salvapatrias: Make America great again. La nostalgia de un pasado glorioso que en la mayoría de los casos no lo fue tanto.

Ante la flagrante omisión de responsabilidades los republicanos se van a tener que comer a Trump y cruzar los dedos para que el ridículo no sea aún mayor. Pese a los amagos con no respaldarlo, el aparato acabará pasando por caja. Llegados a este punto, no hacerlo sería suicida. La primera muestra ya se ha producido y, tras reunirse con el magnate la pasada semana, Ryan lo ha dicho alto y claro: “Es crítico que los Republicanos nos unamos alrededor de nuestros principios comunes, avancemos en una agenda conservadora y hagamos todo lo necesario para ganar este otoño”. Pese a que Ryan sigue haciéndose de rogar, nadie duda de que acabará apoyando a Trump. De hecho, pese al ruido, pocos miembros del Partido Republicano han dicho abiertamente que no apoyarán al millonario.

En el fondo hay mucho en juego, no solo la presidencia sino la posibilidad de apuntalar una nueva mayoría conservadora en el Tribunal Supremo puesto que todavía hay que llenar la silla del fallecido Antonin Scalia.

Trump ya ha comenzado su viaje al centro, pretende parecer presidencial y hasta ha presentado una lista con sus precandidatos para la nominación del Supremo. Hasta se ha reunido con Henry Kissinger, el oscuro arquitecto de la política exterior estadounidense desde mediados del siglo pasado. Una figura consultada a partes iguales por republicanos y demócratas y cuya bendición busca ahora quien es un analfabeto funcional en política exterior más allá del “America first” de aroma tan fascistoide.

Pero como bien decía Don Manuel, la política crea extraños compañeros de cama.

Hay también una culpabilidad repartida en diversos niveles. Están los medios de comunicación y los propios demócratas.

Como el resto de las personas con dos dedos de frente, los demócratas nunca se tomaron en serio a Trump. El propio vicepresidente Joe Biden llegó a decir que su candidatura sería “una bendición” para las aspiraciones demócratas. Nada más lejos de la realidad, y como no se cansan de advertir las encuestas, en un hipotético enfrentamiento con Clinton, las cosas están justitas. Incluso hay sondeos que colocan al magnate por encima.

Mientras todos prestamos atención al lío republicano, lo que los demócratas se traen entre manos no es menor. El enfrentamiento entre los seguidores de Clinton y los de la reveladora sorpresa del senador Bernie Sanders llega ya a las manos, como ocurrió en Nevada. Sanders carece de posibilidades de hacerse con la nominación, no por méritos, sino por números. Tiene menos delegados, menos superdelegados y menos votos que su rival pero, a diferencia de ella, su discurso socialista clásico ha conquistado a los jóvenes y a trabajadores de las clases más humildes, los más ligados a los sindicatos.

Pese a que los medios han puesto en evidencia sus enormes carencias, sus contradicciones o su completa incapacidad para desempeñar el puesto de presidente de EE.UU., han dedicado mucho más tiempo a hacer de altavoces, sin importar cuál fuera el mensaje. Por la sencilla razón de que Trump asegura una buena porción de share.

En cierta forma ha pasado algo semejante con Trump pero alto ahí, paren los carros. Tengan clara una cosa: los parecidos entre Sanders y Trump son semejantes a los de un huevo y una castaña.

Si Sanders sigue en la carrera es por dos razones. La primera es porque tiene dinero. La segunda es porque se ha comprometido a ello ante sus votantes y porque sabe que su trabajo ya está hecho: ha escorado a Hillary y a buena parte de los demócratas hacia la izquierda. Si no hubiera sido por el senador por Vermont, Clinton no se metería en el charco de los préstamos universitarios ni en el de la subida del salario mínimo. No le ha quedado más remedio. Por eso la expectación está en saber quién completará el ticket.

No menos importante ha sido el papel de los medios de comunicación. Trump es simple y llanamente una bendición para la prensa. Imaginen a Esperanza Aguirre en sus mejores tiempos y multiplíquenlo por mil. Cada vez que el millonario abre la boca es un titular que se traduce en cientos de miles de televidentes y millones de clics, el Santo Grial del periodismo actual, cantidad sobre calidad. Sus estrategas de campaña lo saben. El candidato lo sabe.

Trump es un trilero (con man), como lo definió Marco Rubio. Su negocio es el mercado inmobiliario, comprar barato y vender caro. Cada vez que lanza un exabrupto, para bien o para mal es promoción gratuita. A Trump esta campaña no le ha salido gratis, por supuesto, pero sin la permanente atención de los medios dando cabida a sus anuncios, meteduras de pata, gritos, excusas, contradicciones, etc. le habría sido imposible pagar semejante número de minutos en televisión.

Pese a que los medios han puesto en evidencia sus enormes carencias, sus contradicciones o su completa incapacidad para desempeñar el puesto de presidente de EE.UU., han dedicado mucho más tiempo a hacer de altavoces, sin importar cuál fuera el mensaje. Por la sencilla razón de que Trump asegura una buena porción de share. Es la encarnación de la atracción fatal, Glenn Close hecho hombre naranja.

Esto ha sido así en todas las grandes cadenas de noticias pero especialmente en Fox News, escenario de sus primeros enfrentamientos y, últimamente, de todas las justificaciones y defensa a ultranza del magnate. El televidente sabe que ante un micrófono, Trump no defraudará. Quizá el mayor peligro para Trump esté en que, conseguida la nominación, se vuelva “convencional”.

Hasta la propia Megyn Kelly, presentadora estrella del canal conservador, ha acabado por participar del circo. El martes entrevistó al magnate y no en la cadena de cable, sino en el canal de Fox en abierto. Entrevistar es un decir, he visto masajes más ásperos que el encuentro entre los otrora archienemigos. Todo sea por la audiencia. Quid pro quo, todos ganan. Todo sea por la presidencia.

Hemos hablado de partidos y medios y obviado una circunstancia clave, algo que es general a casi todos los países desarrollados. Trump ha llegado donde está porque ha sido el más votado. Y lo repite constantemente. Es cierto que ha arrasado en la gran mayoría de los Estados despertando una movilización de seguidores sin precedentes. Es también cierto que es ya imposible definir su masa de votantes convertida en transversal. Poco ha importado que en el proceso haya roto todas las reglas del juego electoral, se haya ganado enemigos en todos los rincones a la vez que cosechaba índices de impopularidad históricos (ahí ahí con Clinton).

He aquí lo único que Sanders y Trump comparten, aunque desde extremos totalmente opuestos: ambos son la respuesta a las plegarias de un cada vez mayor número de personas cansadas de cómo funcionan las cosas. Se ha hablado de una “revolución Sanders” y si esta existe también hay una “revolución Trump”.

Ahora que estos días recuerdan en España el 15M deben tener clara una cosa: en cierta forma, Trump es el 15M de EE.UU. Me explico.

Tras las grandes movilizaciones de los años sesenta a favor de los Derechos Civiles y con la guerra de Vietnam como telón de fondo, EE.UU. (su sistema) cortó de raíz toda posibilidad de contestación social a futuro. El cortocircuito, como siempre en la historia de este país, fue de repente y acabó teñido de sangre. Tuvo lugar el 4 de mayo de 1970 en el campus de la Universidad de Kent en Ohio, donde en el transcurso de una protesta universitaria contra la guerra de Vietnam, la Guardia Nacional abrió fuego contra los estudiantes. Asesinaron a cuatro de ellos y en el imaginario americano, aquel se conoce como “El día en que murieron los sesenta”.

Cierto es que ha habido protestas desde entonces pero casi siempre han tenido que ver con cuestiones raciales (los disturbios de Los Ángeles en 1992 o los de Ferguson, Musuri, el verano pasado). Olvídense del anecdótico y festivo para los cuatro hipsters neoyorquinos que fue el llamado Occupy Wall Street (2011). Desde lo sucedido en Kent, la sociedad estadounidense ve toda contestación social con desconfianza, no digamos ya una movilización callejera donde casi siempre hay más policías que manifestantes. Siempre que hay problemas, los medios automáticamente pasan de las causas y se centran en lo único que interesa mostrar: alborotadores y violencia. Pasó en Ferguson, donde lo que motivó el estallido quedó supeditado a las imágenes en bucle de las columnas de humo de establecimientos supuestamente saqueados por unas masas violentas que, para colmo, eran afroamericanas (el miedo atávico de la América blanca).

El ejemplo del nerviosismo estadounidense ante cualquier tipo de protesta se ha visto precisamente en esta campaña. En Chicago, Trump canceló su mitin y emergió como víctima. Los medios conservadores cargaron tintas contra Sanders pues muchos de sus seguidores participaron de la protesta. Aquella noche yo estaba en los alrededores del pabellón de la UIC y, sorprendido, fui testigo de cómo en las redes sociales y, más tarde, en las televisiones el titular era “Caos en Chicago”.  Una circunstancia que para nada se ajustaba a la realidad pues como mínimo era mentira y como máximo una grandísima exageración.

Si estos mismos medios asistieran a una carga en España o Francia hablarían de “guerra civil”.

Lo que ha hecho Trump ha sido canalizar la rabia de muchos. Rabia que antes se mantenía en la intimidad del hogar, la iglesia o la comunidad pero que el magnate, con su cantinela de luchar contra la “corrección política”, ha conseguido verbalizar de manera que no sea una vergüenza escupir racismo, superioridad blanca, odio hacia homosexuales y transexuales (un tema sobre el que Trump, inteligente, se mantiene alejado) y todo tipo de discursos que esconden algo esencial: el empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora estadounidense y blanca en las últimas décadas.

Si creen que un país como España soporta bolsas de pobreza escandalosas deberían darse un paseo por ciertas zonas de EE.UU. Desde el Chicago segregado en el que vivo, hasta condados como el de McDowell en West Virginia, con la esperanza de vida más corta del país.

Es un hecho irrefutable. Trump (y aquí coincide con Sanders) centra su discurso económico en una globalización causante de todos los males del trabajador manufacturero estadounidense y lo hace, curiosamente, desde la atalaya ultraliberal: precisamente la misma que la puso en marcha esa globalización. Un disparo al centro del establishment.

Es por eso que Trump (al igual que Sanders, repito, el paralelismo es estrictamente formal, nada que ver en contenido) haya arrasado precisamente en aquellos sitios de mayoría blanca y trabajadora, el mismo sector de la población cuyas fuentes de ingresos han sido, valga la redundancia, arrasadas por la combinación de políticas neoliberales y las ventajas de la globalización. Dense una vuelta por el llamado Rust Belt del Medio Oeste y su industria metalúrgica convertida en recuerdo. Por Detroit y aledaños con sus esqueletos del gran sector de la automoción o por las comarcas mineras, todo ello muy bien documentado en El desmoronamiento, el estupendo libro de George Packer.

Si creen que un país como España soporta bolsas de pobreza escandalosas deberían darse un paseo por ciertas zonas de EE.UU. Desde el Chicago segregado en el que vivo, hasta condados como el de McDowell en West Virginia, con la esperanza de vida más corta del país. En el que un tercio de su población (unas 22.000 personas) vive por debajo del umbral de la pobreza y una quinta parte de los hogares ingresa menos de 10.000 dólares al año (unos 8.700 euros). En lugares como McDowell, en barrios del Sur de Chicago, ya no solo es difícil encontrar un empleo. Es prácticamente imposible cubrir necesidades básicas de un país desarrollado: un médico, un supermercado donde comprar comestibles.

La diferencia es que mientras Sanders carga tinta contra Wall Street y las políticas neoliberales que han puesto empresas por encima de las personas, Trump lo hace contra Washington (el enemigo eterno del tradicional individualismo estadounidense) y la globalización encarnada en los países emergentes y en los trabajadores inmigrantes que llegan a EE.UU. de manera ilegal para “quedarse con los trabajos de los americanos”. Lo que nunca hace es cargar contra las compañías que pagan sueldos de miseria (se metió en el tema del aumento del salario mínimo y a las pocas horas se echó atrás) o que simple y llanamente levantan el chiringuito para irse a otro país en busca de mejores beneficios. En este caso, la culpa es también del Gobierno, que las fríe a impuestos y por eso él las hará volver comenzando por Apple. Steve Jobs se ríe desde la tumba.

Sin embargo, harían mal en pensar que los que votan a Trump responden a un perfil mayoritario de hombre blanco trabajador, ultraconservador y algo racista. Porque blancos y trabajadores, amén de jóvenes, son también votantes de Sanders quien tampoco juega bien con las minorías. Un dato: los afroamericanos representan menos del 8% del censo en todos los Estados que ha ganado el de Vermont salvo en Arizona, y más del 8% en todos los que ha perdido salvo en Michigan. Sin embargo, Trump sí ha ganado Estados con alta población afroamericana (el Sur) y mayoría de blancos de clase media alta (Massachusetts).

El fallido mitin de Chicago estaba lleno de blancos de clase media procedente de los suburbios. Profesionales liberales de camisa azul y pantalones caquis que sienten que “EE.UU. ha perdido su lugar en el mundo por lo que necesitamos un nuevo liderazgo”, como me confesó uno de ellos en la barra de un bar con un aforo al cincuenta por ciento entre pro-Trump y anti-Trump. El mismo tipo que desearía un enfrentamiento entre el magnate y Sanders porque, en su opinión, “no están tan lejos (sic) y por lo menos van contra el establishment”.

También están los que se aferran al mito fundacional de un país que adora el dinero. Los que dicen, “oh, es un empresario de éxito, sabe hacer las cosas”. A decir verdad, ese es el argumento más repetido por el propio Trump: apártense y dejen a los profesionales como yo.

Dicho todo esto, ¿puede Trump ganar las elecciones? Es difícil, mucho, pero no imposible. Es cierto también que tiene problemas, y serios, entre minorías (solo lo apoya un 23% de latinos frente al 62% que se decanta por Clinton) y mujeres (solo un 21% tiene una visión favorable del magnate), argumentos a los que se agarran los entendidos para señalar que es imposible que se pueda hacer con la presidencia sin un alto porcentaje de votos (al menos un 40% de hispanos) de ambos segmentos. Aunque hay analistas como Larry Sabato que dicen que los latinos puede que no sean tan necesarios si apuntala a su base, hombres blancos y trabajadores (solo el 26% de estos ve con buenos ojos a Clinton).

Así las cosas, mal harían los demócratas con Hillary a la cabeza en confiarse pues estamos ante la elección con los dos candidatos más detestados de la historia. Una vez más, bienvenidos a la idiocracia, donde lo imprevisible es la norma.

Nota: Tomo prestado para este texto el título de la película Idiocracy (Mike Judge, 2006) por razones obvias. Disculpen los ofendidos.

Diego E. Barros Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Vive en Chicago y es profesor universitario. Escribe donde le dejan y, en ocasiones, hasta le pagan.

Fuente: Ctxt

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