López y sus bolsas de dinero, o la confirmación del relato falso

El neoliberalismo -el que ha instalado hoy Macri en Argentina- no persigue ni la emancipación de los pueblos, ni la ampliación de derechos, ni la igualdad, ni la justicia social, ni lo real del sujeto. El neoliberalismo es corrupto por definición porque se basa en la exclusión de seres humanos y en la depredación de la naturaleza como proyecto, pero lo hace de un modo legalizado y naturalizado.

José López detenido

José López detenido

Por Elebece. La detención del ex Secretario de Obras Públicas José Lopez, con bolsas de dinero y un arma en la puerta de un supuesto monasterio en el municipio bonaerense de General Rodríguez, es un acontecimiento triste e indignante, a la vez. Lo primero que hay que expresar es la condena absoluta a la corrupción, sea quien sea el corrupto y el partido o gobierno del que que fuere o haya sido. Lo segundo, es el deseo de saber toda la verdad, completa, implique a quien implique, del sector público y del sector privado. Lo tercero, es reafirmar que las convicciones, cuando son auténticas, no se desmoronan por los actos de algunos delincuentes ni por el machaque inescrupuloso de los medios a los que les interesa la corrupción de un lado y hacen la vista gorda cuando es del otro.

El caso se inscribe sobre una matriz de opinión pública que los medios hegemónicos se encargaron de modelar con la paciencia de un orfebre. Esa matriz se basa en un relato que sostiene que todo el kirchnerismo es corrupto y mas precisamente que se trata de una asociación ilícita enmascarada en un discurso progresista vacío, cuyo único objetivo era enriquecerse. Todos los que lo apoyaron estaban pagos o eran imbéciles y todas las conquistas y derechos obtenidos no son ciertas o eran una mera ficción populista. Buena parte de la sociedad consumió ese relato y hoy cree ver en el caso López el hecho confirmatorio. Es el crimen perfecto de Baudrillard, y claro, es falso.

Si a la sociedad que grita y exhala su moralina por las redes sociales le interesa de verdad la decencia y la ética republicana debería mirarse el ombligo y pensar como fue que llegamos a tener un presidente como Macri y un gobierno de empresarios que manejan las áreas del Estado que atañen directamente a sus negocios privados. Como es que todos los días se informa y le cree a medios que se expandieron al amparo de dictaduras, que manipulan jueces, que violan la ley, que evaden impuestos, que prohíben la actividad sindical, que amenazan a sus propios periodistas, que ponen y sacan gobiernos a su antojo y se jactan de ello y que diseñan las instituciones como un traje a la medida de sus intereses. ¡Que bueno que le preocupe la decencia y la ética republicana! Compartimos y nos hermanamos en ello. Pero se debería intentar elevar un poco el nivel del debate y deponer cegueras que no permiten mirar la verdad de frente, a riesgo de terminar (o continuar siendo) los imbéciles útiles que muchos creen ver en otro lado, que fungen como el soporte social de una democracia mediáticamente tutelada.

El hecho es extraño: el lugar, la hora, la soledad, el auto, el modo. Todo parece parte del guión de una película bizarra. Las dudas son muchas y dan lugar a todo tipo de elucubraciones que desembocan básicamente en dos posibilidades: o se trata de una operación montada en la que López fue espiado, presionado o de la que, lisa y llanamente, es parte; o, simplemente, de un grotesco pasaje de la vida de una persona miserable descubierto in fraganti al momento de expurgar su basura. Mientras, no son pocas las voces que hablan de espías repatriados y también de diagnósticos de psiquiatría. Se verá. Las investigaciones judiciales dirán, y esperemos que digan, todo lo que es preciso y necesario saber. Pero sin pretender pasar por alto esas instancias ni adelantarnos a los tiempos que las circunstancias requieran para ser develados en su cruda autenticidad, sí es preciso decir que se trata exactamente del tipo de acontecimientos que lastiman profundamente a los proyectos políticos populares en cualquier parte del mundo y los exponen a un límite que es de esencialmente cultural: no es posible profundizar proyectos de cambio si no se desnaturaliza el capitalismo, si no se deconstruyen sus modelos de felicidad y éxito y si no se elaboran colectivamente concepciones alternativas de la “buena vida” capaces de disputarle la centralidad al dinero.

Las luchas políticas por la justicia y la igualdad se dan ancestralmente en desventaja. Por definición, conllevan desafiar los límites y los privilegios de los que emanan las inequidades y las reproducen. Son batallas contra el poder y contra los poderosos de carne y hueso en las que los anales de la historia registran, héroes y mártires, cementerios y fosas comunes, utopías y estatuas de sal. Y también, decepciones, traiciones, abandonos e imposturas. En ese contexto, no son pocos, los que sostienen que ante la adversidad de las fuerzas en pugna y la nobleza de los objetivos que se persiguen, los proyectos populares “deben” valerse de atajos para fortalecer el propio campo. El dinero es uno de ellos. Y la justificación es que es “para hacer política hace falta plata” y que si no “la política queda para los ricos”. Ese tipo de construcciones argumentales se sustentan en un dato cierto que tiene que ver con las enormes inequidades que existen en las democracias modernas entre las fuerzas pro mercado y las fuerzas populares. Es infinitamente complicado competir en condiciones no tan desventajosas para quienes no se ajustan a los discursos e intereses dominantes. Enormes sumas de dinero, ejércitos de especialistas y aparatos comunicacionales gigantescos se destinan a ensalsar a unos y denostar a otros en la escena pública actual en todo el mundo. Eso es incontrastablemente cierto, sobre todo, se insiste, en democracias mediáticamente tuteladas. Pero a la vez, aquel argumento implica abrir una puerta que suele desviar hacia otros rumbos y, cada vez más, exponerse al escarnio de los medios concentrados, que con el inestimable apoyo de numerosas fuentes de inteligencia, siempre prestas a serles funcionales y a vivir a su amparo, deciden qué, cuándo y cómo, utilizar el arsenal que pertrecharon en contra de los enemigos de sus intereses. Por razones éticas y por razones políticas, aquel argumento es insostenible y cabe ser intransigente con la corrupción.

La Oficina Anticorrupción (OA) está en manos de una calificada militante del PRO como es Laura Alonso, que fue nombrada en el cargo “en excepción a los requisitos mínimos legales” por no poseer título habilitante. A nadie parece importarle la inequívoca señal de opacidad que se emite colocando a una persona como Alonso en el ente encargado de controlar la transparencia de los actos de su gobierno. Basta con mirar sus tweets apenas minutos después que se conociera, por los Panamá Papers, que el presidente Macri posee cuentas off shore. Las denuncias que se amontonan en la OA sobre incompatibilidad de los funcionarios actuales y por conflictos de interés entre la función pública y sus anteriores cargos en empresas que hacen negocios con el Estado, deben ser investigadas por Alonso y los medios no se escandalizan y la mayor parte de la sociedad ni se entera. Y eso es solo un botón de muestra de la promiscuidad de los vínculos público-privado en el gobierno actual. Esos vínculos sumados a una justicia que en buena parte es cómplice, son los que permiten diseñar los procedimientos y las interpretaciones sobre los mecanismos “legales” de apropiación de ganancias. Ocurre todo el tiempo y es naturalizado como parte del colosal dispositivo de subjetividad que alimentan los grandes medios. El caso de López frente a eso, es minúsculo en su cuantía. Pero a la vez es grotesco, hasta absurdo, e inadmisible en el marco de un gobierno estructurado sobre un discurso de reparación de derechos. Es, literalmente, imperdonable.

No hace falta ser una eminencia para darse cuenta que detrás del caso López no hay un llamado al 911 de un vecino con insomnio. Tampoco es relevante que personas que frecuentan el mundo de los espías pongan cara de inteligentes ante la consulta de si se trató de una operación. Tampoco importa que esa operación haya empezado cuando se encontraron con IECSA del primo Calcaterra (que es Macri) en la causa Baez. Tampoco que hayan sido los mayores proveedores de obra pública (entre los que está el primo Angelo y también está el amigo Niky, entre muchos otros) quienes acercaron el nombre de su muy conocido Lopecito. Nada de eso importa porque el hecho ahí está. Y más allá de los aspectos desopilantes y hasta increíbles de la trama, es verosímil. Y además es lapidario para el kirchnerismo porque autoriza a sus enemigos a tomar la parte por el todo.

La corrupción está en todas partes; es transversal a la sociedad. Está en el gobierno, en los gobiernos, en las empresas, en los bancos y en los medios de comunicación, por cierto; pero también en la calle, en el barrio y en cada uno de nosotros, que con mayor o menor éxito libramos una batalla cotidiana por discernir lo que está bien, de lo que está mal, más allá de lo que individualmente nos convenga a cada uno. Además, ha estado siempre a lo largo de la historia. La corrupción es pública y es privada, en un ida y vuelta incesante que termina borrando la frontera entre esas esferas que deberían mantenerse nítidamente distanciadas. Los funcionarios corruptos hacen negocios con privados que también lo son y que en muchas ocasiones cuestionan y remueven a los funcionarios probos que se niegan a degradarse a sí mismos y a las instituciones que conducen.

Pero es necesario decir que no da lo mismo la corrupción en un gobierno de derechas o simplemente neoliberal, que en uno que se plantea la justicia social, la igualdad o la emancipación de los pueblos. Es muy distinto, y es mucho más grave en estos últimos por el hecho de que “cambiar el mundo” construir la igualdad y rebelarse ante la injusticia humana son horizontes tan altos que exigen a quienes los persiguen estar a la altura.

Los gobiernos, todos, están repletos de sujetos como López. Pero para los gobiernos populares que despiertan la esperanza de los pueblos, los “López” de cualquier cuño son una ruina. Le infligen a quienes día a día perseveran, por el camino difícil de la vida, una dificultad adicional, que consiste en enlodarlo todo, en abonar el suelo del cinismo en el que cualquier cosa da lo mismo, la Biblia y el calefón; ese cementerio de ideas y de ideales en el que solo viven como caranchos y a sus anchas los poderosos de siempre y todos los resignados que comen de sus manos las migajas, creyendo ser parte del “éxito” o ambicionándolo sin cuestionarse, ni querer saber siquiera, que esas millonadas con las que sueñan, producen los huesitos desvalidos y descalcificados de millones de niñas y niños a los que no puede mirarse a los ojos humanamente, de verdad humanamente, sin reafirmarse en el compromiso de seguir luchando para no ver esa expresión nunca más en los ojos de nadie. Desde esa perspectiva, López es Arteche, aquel “garca” que invocaba inolvidablemente Federico Luppi en Plata Dulce: “Arteche y la re puta madre que te parió”

Es repudiable la corrupción con dineros públicos en un proyecto político que pretende ampliar derechos y mejorar las condiciones de vida de los pueblos. Pero no sólo porque está mal o porque no corresponde robar y punto. No se trata sólo de que se debe ganar el dinero de forma honesta y seguir unos procedimientos y no otros. Más allá de eso. No son solo (se insiste, solo) los procedimientos los que entran en entredicho. Es el fin el que debe estar en el centro de la cuestión política, del cuestionamiento ético, cultural, ideológico: el dinero. Si se naturaliza, que la vida crecientemente se consume en ganar dinero, la emancipación, esa inasible alquimia que le da vida a lo que pide existir de verdad, languidece, se muere. ¿Y qué es, qué puede ser, un proyecto político basado en la enajenación?

Esa es una cuestión que no le atañe al neoliberalismo que no persigue ni la emancipación de los pueblos, ni la ampliación de derechos, ni la igualdad, ni la justicia social, ni lo real del sujeto. El neoliberalismo es corrupto por definición porque se basa en la exclusión de seres humanos y en la depredación de la naturaleza como proyecto, pero lo hace de un modo legalizado y naturalizado. El neoliberalismo promueve la institucionalización global de procedimientos de corrupción a gran escala mediante la apropiación de lo público por lo privado, la socialización de las pérdidas y la construcción de mega dispositivos de acumulación, distribución y ocultamiento de rentas que saquean y someten a los pueblos del mundo. Obviamente que a esos dispositivos de corrupción, de robo institucional, se los llama con otras palabras: desde el saqueo de recursos naturales y la invasión de países para “exportar la democracia” hasta el shadow banking, las guaridas fiscales, las cuentas off shore, los arbitrajes financieros, la rentabilidad privada con los salarios de los trabajadores y beneficios previsionales que se bancarizan compulsivamente, las letras chicas de los contratos que usufructúan la posición de debilidad de consumidores y ciudadanos, pasando por la estatización de las deudas privadas, las patrias contratistas, las plusvalías y los alambrados “legales” que construyeron todas las burguesías y las oprobiosas diferencias sociales en el planeta. La corrupción del neoliberalismo es conceptual, institucional, estructural y global. Por eso, en semejante escenario, la discusión ética no puede quedar reducida a la cuestión de los procedimientos. Si la partida se queda en la dimensión de los procedimientos, naturalmente el juego estará perdido antes de mover un peón.

El campo de lo material tiene una densidad enorme en cualquier proyecto político popular. La igualación de las condiciones de oportunidad, la erradicación de las necesidades básicas insatisfechas, la justicia distributiva, la expansión de los derechos y las condiciones de acceso al disfrute de los bienes y servicios, entre otras, constituyen aspiraciones legítimas e irrenunciables que suelen disparar grandes pujas, tensiones y conflictos sociales con los sectores renuentes a compartir el acceso a ellos o renunciar a una parte de lo mucho que tienen para darle lugar a los otros. Eso es básico. Pero debe acompañarse de una dimensión distinta de la crudamente material, en la que puedan desplegarse sentidos diversos de “la buena vida”, del “vivir bien”, que se desmarquen de los significantes comunes de los consumos segmentados del capitalismo embrutecedor que tracciona desde la fascinación por lo exclusivo, desde la moda, desde lo “top” y performatea desde allí las ambiciones individuales y colectivas. Lo insustancial de lo líquido apropiándose de las conciencias y enajenándolas en ese ideal consumista de la felicidad. Esa lógica acaba por situar a los sujetos, ya individualizados, en el exacto reverso de los proyectos colectivos, en las antípodas del Otro como imprescindible en la dignidad, alejados definitivamente de la solidaridad.

Álvaro García Linera, lo planteó en su reciente conferencia magistral en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (http://elebece.com.ar/blog/2016/06/12/nosotros-somos-el-cambio-la-derecha-es-el-pasado/) como un desafío de los gobiernos progresistas y una debilidad de estos años: “¿Cómo acompañar a la redistribución de la riqueza, a la ampliación de la capacidad de consumo, a la ampliación de la satisfacción material de los trabajadores, con un nuevo sentido común? Los preceptos íntimos, morales y lógicos con que la gente organiza sus vidas ¿Cómo diferenciamos lo bueno y lo malo en lo más íntimo, lo deseable de lo indeseable, lo positivo y lo negativo? No se trata de un tema de discurso, se trata de nuestros fundamentos íntimos, de cómo nos situamos en el mundo. En ese sentido, lo cultural, lo ideológico, lo espiritual, se vuelve decisivo. No hay revolución verdadera, ni hay consolidación de un proceso de cambio si no hay una profunda revolución cultural”

Es habitual escuchar que “las personas pueden ser inmensamente ricas y humanamente miserables”, o “pueden ser muy pobres y humanamente admirables”; y, aunque menos explicitados, sus reversos también están culturalmente aceptados: “se puede ser pobre y una persona miserable” o “inmensamente rico y humanamente admirable”. Nadie duda mucho de esas afirmaciones y en general gozan de consenso, son parte del “sentido común” y están naturalizadas. Sin embargo, no todo es natural en ellas.

Particularmente la última afirmación solo puede sostenerse desde una incomprensión completa de los procesos de construcción sociopolítica de las privaciones y padecimientos cotidianos de miles de millones de personas en el mundo actual. Hay una contradicción insalvable entre ser “inmensamente rico y humanamente admirable” en un mundo en el que la extrema riqueza (la creciente extrema riqueza) es la contracara de más y más pobreza, sufrimientos, enfermedades, hambre y muertes prevenibles. En esa díada entre riqueza extrema y decencia, anida una clave cifrada de la cultura moderna que los gobiernos progresistas tienen la obligación de develar apuntando a forjar un nuevo sentido común que reinstale la relación con el dinero en un lugar distinto, que no subrogue a los deseos, a los sueños, a los afectos, a la bondad, a la sencillez y a la ética de la solidaridad.

Las grandes riquezas no conviven bien con la virtud humana. Lo material es imprescindible para no pasar necesidades y “vivir bien”; es decir, alimentarse, vestirse, morar, viajar, aprender, cultivarse, creer en lo que se cree, disfrutar de la naturaleza, del arte, del deporte, del espectáculo, tener salud, derechos, etc. Mas allá de la satisfacción de esas necesidades vitales, en niveles que son históricamente contingentes, la acumulación de dinero y sus motores, la ambición y la codicia, lejos de enaltecer, inexorablemente empiezan poco a poco a degradar definitivamente la virtudes humanas.

Las batallas sociales, políticas, económicas, que le abren las puertas a los ascensos de los pueblos, requieren una batalla cultural capaz de confrontar los diversos sentidos aspiracionales del “vivir bien”, dignamente. El texto de esa contienda no puede estar escrito en el lenguaje de quien produce las oclusiones que hacen imprescindibles las luchas, porque eso equivale a aceptar que no tienen sentidos las batallas o que están equivocados quienes las libran.

Los barrios súper privados, los autos de alta gama, los centros vacacionales exclusivos, los yates de lujo y cada una de las letosas emblemáticas del capitalismo global, son poderosas constructoras de una subjetividad hedonista, que en una espiral infinita reproduce más y más desigualdad. Si el mundo aspiracional de los dirigentes y del sujeto-pueblo políticamente representable, está dominado por esa subjetividad, inexorablemente se pierde la batalla. Será más tarde o más temprano, pero se pierde. Ese es o debería ser, el significado profundo de La Batalla Cultural. El kirchnerismo se quedó corto en la politización de esa contienda porque agotó su horizonte en la expansión de derechos pero no acompaño esa justa ambición con la provisión de un conjunto de señales, capaz de disputar el sentido común dominante que guía el camino del ascenso social. Los oasis de Dubai son emblemas de una moral que debería poder disputarse. Decir que todo el mundo tiene derecho a acceder a ellos es insuficiente y en un punto equivocado. De lo que se trata es de develar que su construcción y su existencia son la prueba palmaria de vitalidad de la lógica que reproduce la injusticia contra la cual se pelea.

El kirchnerismo movilizó a millones de personas de identidad política muy diversa porque supo y pudo representar innumerables demandas de justicia y producir transformaciones profundas que son reales y que no deberían ponerse en entredicho. En su mejor versión se apalancó y fortaleció en la diversidad de amplios sectores de la sociedad y en su peor versión difuminó esa diversidad en una hegemonía errónea en su vocación uniformizadora, que silenció la crítica, incluida la crítica de los posibles casos oprobiosos como este, por asociarla a la debilidad o al cuestionamiento del liderazgo. Se verá cuáles son las consecuencias de este episodio en el plano de la inscripción del kirchnerismo en el sistema político. Pero las ideas, los sueños, los signos, las memorias y las tragedias de la gente que halló en el kirchnerismo un sentido de reivindicación histórica que permitió recuperar la política para las luchas populares irrenunciables, seguirán estando allí, aunque la bronca, el dolor y la desazón de este golpe brutal las perturbe. Nadie que honestamente haya abrazado ese espacio, con mayor o menor nivel de críticas, dejará de valorar todo lo bueno que se vivió y el intenso balance de la experiencia de estos años. Pero es imprescindible condenar a López y a todos los “López” que lastimaron y lastiman ese compromiso, y a los dispositivos políticos que fueron condescendientes con los atajos en los que anidan los “López” y agonizan los sueños colectivos. Es una obligación que plantea la encrucijada histórica, la sinécdoque del kirchnerismo, la de discernir cual es la parte que lo explica. Desde el lado de la inmensa mayoría de la gente que llenó y volverá a llenar las plazas, está claro, aun cuando pesen los brazos y el cuerpo.

Ni los obispos cómplices del genocidio, ni los curas pedófilos fueron suficientes para destruir la Fe cristiana. Ningún partido político, por suerte, basa su adscripción en los registros en los que se inscriben las creencias religiosas; pero está claro que quienes creen que tiene sentido pelear por la justicia social, por los derechos de los pueblos y por la igualdad (que, paradójicamente, nace de esa singularidad que nos constituye como sujetos) no van a dejar de sostener sus convicciones por casos como este, ni de reconocer al kirchnerismo todo lo que hizo en favor de esas causas, ni a la inmensa cantidad de adherentes, militantes, obreros, docentes, investigadores, intelectuales, artistas, dirigentes y funcionarios del kirchnerismo que han sabido estar a la altura del sueño. Pero no hay que negar lo que conspira contra la posibilidad de ser mejores y eso pone sobre el tapete la necesidad de una profunda reflexión sobre los modos de construcción política de los sujetos populares y sobre la cultura que nos atraviesa y que nos está dado transformar en el sentido de las causas que se persiguen y no en contra de ellas. Alumbrar la vida secreta de las palabras para hacer saltar lo deseable del fondo de la trampa. De eso depende la posibilidad histórica de que las conquistas y el porvenir, no sean arrastrados en la marea inconsistente de la modernidad líquida.

Como dijo García Linera: “hay que seguir insistiendo en la capacidad de mostrar con el cuerpo, con el comportamiento y con la vida cotidiana lo que uno procura. No podemos separar lo que pensamos de lo que decimos”. O como más escuetamente lo señalara Pepe Mujica “has de vivir como piensas o terminarás pensando como vives”. Del lado del neoliberalismo, hoy en el gobierno, eso está muy claro: viven como piensan, piensan como viven y gobiernan para ellos. Del otro, es una buena ocasión para revisar algunas cosas.

Fuente: Elebece

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Una respuesta en López y sus bolsas de dinero, o la confirmación del relato falso

  1. teresa 2 septiembre, 2016 en 12:07 pm

    Excelente nota….Para mí que no soy mas que una observadora política, detrás de López está la C.I.A.. En un momento dijeron que López no entendía , que se mostraba confundido. Aunque parezca de ficción ellos pueden y de hecho lo hacen , mediante una tegnología que no nos animamos a nombrar, meterse en el cerebro de las personas y manipular. Son los amos del mundo, mientras nosotros dedicamos miles de horas analizando una y otra posibilidad, para despues de varias décadas comprobar que todo fue un montaje.

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