Las tácticas de poder de Lorenzetti

Lorenzetti andaba con un maletín de cuerina raído y todavía usaba bigote. Más adelante, cuando ya llevaba un tiempo en la Corte, se afeitó por sugerencia de su asesora de imagen y comunicación, la periodista María Bourdin. Igual que Macri, se sacó el bigote para parecer más joven.

–No está mal si querés ser presidente de la Nación, Ricardo, pero vas a tener que renunciar a la Corte –lo chuceó ella en uno de los encuentros.
Lo desnudaba de prepo. Estaba furiosa con ciertos fallos que se inmiscuían en medidas de gobierno y con los discursos ampulosos con los que el juez solía inaugurar el año judicial, casi siempre estratégicamente después del mensaje presidencial de la apertura de sesiones en el Congreso de todos los 1º de marzo. «¿Para qué espera hasta marzo si la actividad judicial empieza en febrero?», despotricaba la ex presidenta mientras tomaba café con su secretario legal y técnico, Carlos Zannini.
Las primeras dos veces que Cristina le dijo a Lorenzetti que advertía sus aspiraciones él contestó sonriente: «Son pavadas que se comentan». La tercera ya no dijo nada. Aquella última vez que se vieron hablaron del escenario electoral y el supremo se refirió a los candidatos en pugna, Mauricio Macri y Daniel Scioli, con marcado desprecio:
–Gane quien gane, a partir del 10 de diciembre va a haber tres presidentes. Uno del Poder Ejecutivo, otro del Legislativo y el del Poder Judicial –mostró las garras Lorenzetti.
Ella se hizo la distraída:
–¡Claro! –exclamó–. Es que no hay nadie con un liderazgo como el de Néstor y el mío.
–Por supuesto –respondió el juez quien, era ostensible, no hablaba de liderazgos pasados ni de su interlocutora, sino de sus ansias de gobernar ante previsibles escenarios de fragilidad institucional.
Para esa época, Lorenzetti y Elena Highton de Nolasco eran los únicos dos jueces de la Corte conformada en los inicios del gobierno de Néstor Kirchner que seguían en funciones. Un tercero, Juan Carlos Maqueda, designado antes por Eduardo Duhalde en su presidencia provisoria, completaba esa Corte mínima, casi incapaz de tomar decisiones. Carlos Fayt, tras un escándalo público debido a que continuaba en el cargo a los 97 años, había presentado su renuncia para irse con el cambio de gobierno. Carmen Argibay había fallecido, igual que Enrique Petracchi, quien llevaba treinta años de juez supremo. Raúl Zaffaroni se jubiló.
Poco y nada quedaba entonces de aquella Corte de oro impulsada por Kirchner. Que fue elogiada por su alta calidad e independencia, que buceó e hizo escuela en la ampliación de derechos y en el arraigo de las garantías individuales, además de abrir camino al juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad después de años de cerrojo judicial producto de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Queda la letra de fallos ejemplares. Permanecen estructuras de vanguardia como la Oficina de la Mujer y la de Violencia Doméstica.
(…)
Lorenzetti andaba con un maletín de cuerina raído y todavía usaba bigote. Más adelante, cuando ya llevaba un tiempo en la Corte, se afeitó por sugerencia de su asesora de imagen y comunicación, la periodista María Bourdin. Igual que Macri, se sacó el bigote para parecer más joven. Lo que cautivó a la ex senadora Fernández de Kirchner fue la oratoria de Lorenzetti, y le ofreció dar una charla en el Senado. Él le llevó de regalo uno de sus libros, Las normas fundamentales del derecho privado. La dedicatoria delató que ni siquiera se había tomado el trabajo de ver bien cómo se escribía el apellido, que también era el del entonces presidente. «Para la senadora Cristina Kischner en homenaje a su integridad moral y sus valores», escribió en lugar de «Kirchner».

Margarita

El primer acuerdo en el que le tocó participar a Lorenzetti, en febrero de 2005, justo era el cumpleaños de Fayt. Los jueces de la Corte tienen la costumbre de hacer un pequeño festejo para esas ocasiones. Comen saladitos y se regalan libros, llaveros u otras chucherías. En pleno ágape, el recién llegado intentó ser ameno y sacarle conversación al agasajado: «¿Cuántos cumple doctor?» Catedrático, y con su destreza de recitador, recurrió a su teoría del paso del tiempo: «No lo olvide, un hombre siempre tiene la edad de la mujer que acaricia».
Margarita Escribano tiene treinta y dos años menos que Fayt. Es una mujer esbelta, de melena rubia corta, algo ondulada, y sonrisa duradera. Se crió en una familia de abogados pero ella quiso diferenciarse y estudió Ciencias de la Educación. Se especializó en psicopedagogía. Nunca ejerció, aunque sí enseñó en la Universidad de Belgrano. Su papá, Juan Escribano, jurista, era muy amigo de Fayt. Las familias se veían siempre, como un ritual. Con los años, Fayt enviudó y Margarita se divorció y, como suele decir ella, se miraron «con otros ojos». Se casaron por civil cuando Fayt ya era juez de la Corte.
En el fondo, aunque quisiera desafiar la tradición familiar, a Margarita el Derecho la atraía como un imán. A medida que las habilidades de su marido mermaban, parecía una jueza más que se movía en las sombras. Estaba al tanto de todos los expedientes que podían tener alguna implicancia política o grandes intereses en juego. Muchos en la Corte le decían «doctora», sin conocer su profesión ni sus títulos.
En una de sus incursiones más asombrosas, encaró a un secretario el día que la Corte iba a fallar sobre uno de los temas que marcaron la última década: la validez constitucional de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Con el borrador que le habían mandado a su marido en la mano empezó a discutirle el contenido de un considerando (ítem que desarrolla fundamentos) de la resolución. «¡El doctor no puede firmar esto!», le gritó. El párrafo hablaba de algo determinante: las facultades de la Corte de ejercer el control de constitucionalidad sobre leyes aprobadas por el Congreso.

“¿Vos tenés idea?”

Zaffaroni se llama exactamente igual que su papá, un fabricante –ya fallecido– de maquinaria para canteras. El nombre le agrada, pero no podía soportar la idea de que le dijeran Eugenio Raúl «hijo». Por eso, desde hace años que se presenta solo como Raúl, y así es como lo nombran las personas más cercanas, mientras que los que menos lo conocen se quedan con la duda: ¿Eugenio o Raúl?
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Cuando empezó la depuración de la Corte con la renuncia de Nazareno, Kirchner se puso a buscar reemplazante. Tenía una idea fija: debía ser alguien con mucho prestigio, capaz de desafiar a las corporaciones y de causar irritación.
Un día de fines de junio, abrió de golpe la puerta que unía su despacho con el de Fernández, que estaba reunido con Béliz.
–¡Ya tengo al primer juez de la Corte! –anunció.
No bien dijo «Zaffaroni», a Béliz se le desfiguró la cara. Se recostó en la silla. Se agarró la cabeza. –No me mires mal. ¿Qué te pasa? –le dijo Kirchner.
–¿Vos tenés idea? No conocés los fallos de Zaffaroni. Es un garantista. Dice que la felatio no es violación –trató de ilustrar el ministro de Justicia.
–Es ingobernable –se sumó Fernández–. ¿No te acordás las barbaridades que decía de vos en el Sur?

Ellas

Carmen Argibay llegó de visita a la casa de Elena Highton de Nolasco, un departamento en la zona del Jardín Botánico con vista a casi toda la ciudad de Buenos Aires. Apenas entró, echó todo su peso sobre el sillón del living, protegido y decorado con un tejido anaranjado con flores de colores. Eran amigas, pero no tanto. Buenas compañeras de la Asociación de Mujeres Juezas. Socias leales en esa lucha. Distantes en el plano personal. El proceso de cambio en la Corte se había acelerado tanto que al final Highton, quien fue postulada después que Argibay por el Gobierno para ser jueza suprema, juró antes que ella.
La clave es la prudencia –le aconsejó Highton a Argibay antes de la audiencia pública en el Senado, sentadas ambas al lado de su ventanal panorámico y del verde abundante del balcón. Highton ya había pasado por esa experiencia. Ella jamás hubiera anticipado su postura en asuntos candentes como el aborto ni hubiera hecho una militancia de sus creencias o no creencias. Es recatada y miedosa, o precavida. «Carmencita», como le decían a Argibay, se había desatado con sus declaraciones a la prensa desde varios meses antes. Eran muy distintas. Highton se sentía muy bien entrenada en «contestar sin contestar nada».
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Carmen Argibay era una de las primeras en llegar a Tribunales junto con Fayt, a veces de madrugada. Tenían las llaves del reino judicial: eran los que abrían la Corte. Ella renegaba de andar con chofer y con custodia. Decía que eran su «sombra», hasta que un día se encariñó y se relajó.
Tenía un ritual al llegar. Llamaba a Rubén, su guardaespaldas, y le daba plata para que le fuera a comprar cigarrillos. Al rato la oficina, que era la única entre las de los jueces que no balconeaba hacia la calle y por lo tanto carecía de ventanas externas, ya era una nube de humo que se confundía con su melena gris. El lugar tenía un toque hogareño, estaba lleno de chucherías, libros, adornitos y una gran colección de lechuzas, su animal fetiche, símbolo de la sabiduría y la intuición.
La jueza se había hecho fama de innovadora y rupturista. Se mostraba fuerte, sin miedo a nada. Desafiaba. Era enfática al hablar. Colaboró con toda esa imagen su militancia por los derechos de las mujeres en épocas en que era un tema ignorado y hablar de feminismo era mala palabra. Sin embargo, al momento de tratar un expediente, se volvía formalista y estructurada. Se aferraba a la literalidad de las palabras y las leyes. Era su faceta menos visible, pero era padecida de cerca por sus colaboradores, quienes vieron frustrada su fantasía de hacer con ella sentencias ejemplares y progresistas.
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Una mañana de julio de 2007 los sorprendió: en vez de reuniones individuales los juntó a todos en su oficina. Estaba perturbada, les confesó. La Corte iba en camino a declarar la inconstitucionalidad de los indultos con que el gobierno de Carlos Menem había favorecido a los jerarcas del terrorismo de Estado para impedir que fueran juzgados. De esa manera, completaba el camino iniciado con la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Pero ella, esta vez, no estaba de acuerdo.

Nace una estrella

Lorenzetti era consciente de que, por su falta de carrera judicial, no era una persona conocida entre los jueces. Para instalar su figura y lograr predicamento, pensó que debía juntarlos a todos, además de sumarse a las asociaciones corporativas. Como parte de ese plan, un día de 2006 convocó a (Albino) Gómez y (Ricardo) Arcucci, y les dijo que quería organizar en Santa Fe, su provincia, una conferencia para jueces de todo el país, algo que nunca nadie había hecho. El dúo se incomodó: debía blanquearle el plan de Lorenzetti a Petracchi, el presidente del tribunal a quien ellos reportaban y a quien, era evidente, el santafesino planeaba destronar.
–No se preocupen, ya tengo mi ingreso a la edad del metal –contestó Petracchi, con su ironía habitual. La verdad es que le molestaba. Quería seguir y profundizar los cambios que había emprendido.
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La conferencia de jueces en Santa Fe fue la primera de lo que se convertiría en un ritual corporativo que se repite cada dos años. La expresión de un invento del propio Lorenzetti, pensado para aglutinar a sus nuevos colegas y, en especial, para consolidar la base de su liderazgo. Entrevió que si no se daba a conocer y ofrecía mensajes como homilías a las masas de magistrados, seguiría siendo el «abogadito de Rafaela» que nadie entendía bien de dónde había salido. Los encuentros eran ofrecidos como atractivos viajes, con pasajes pagos, estadía en confortables hoteles, comidas, encuentros catárticos con espíritu de grupo de autoayuda, recepción de quejas por parte de la Corte y fiesta de cierre. Casi un viaje de egresados, pero con el glamour de las togas.

Clarín, la ley y la Franja de Gaza

–Hay que sacarse esto de encima –reaccionó sin filtro Ricardo Lorenzetti el día que llegó para revisión de la Corte la primera medida cautelar que eximía al Grupo Clarín de la obligación de desprenderse de licencias de radio y televisión que había establecido la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (Ldsca). Para él, sacarse el tema de encima significaba ofrecer una respuesta transitoria y dilatar una definición sustancial sobre la validez constitucional de la norma. Entre personas de su confianza, decía con desparpajo que la ley le parecía inconstitucional. Pero que no quería apresurarse. El cronograma electoral pesaba mucho en su agenda. Era determinante. En este caso, las elecciones más próximas eran las presidenciales de 2011.
–No es bueno sentarse a tomar mate en la Franja de Gaza –lo previno con una metáfora ácida Raúl Zaffaroni, cuando la práctica de equilibrista de Lorenzetti ya se había hecho hábito. El penalista le empezó a perder la confianza después de que cambió su voto en el último minuto e inclinó la balanza en contra de Romina Tejerina.
Zaffaroni decodificó enseguida cómo jugaba Lorenzetti cuando, a fines de abril de 2010, abrió de par en par las puertas de su despacho al CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto.

El supremo y Comodoro Py

El discurso contra la impunidad que cultivó Lorenzetti era el preámbulo de una campaña que arraigaba lentamente, con la que contribuiría a alimentar el clima para que los jueces federales se sintieran envalentonados y respaldados para avanzar en expedientes sobre hechos de corrupción. En esa estrategia, situada en un momento de viraje político histórico, hay una marca de las políticas de Estados Unidos que se visten de lucha anticorrupción mientras apuntan a barrer todo lo que se parezca al populismo en los sistemas políticos de América Latina. A la vez, en ciertos temas, como la lucha contra trata de personas y toda variante de crimen organizado, el diagnóstico, el discurso y los planes de acción vienen de la mano del papa Francisco, un aliado estratégico de muchos.
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Lorenzetti buscó el modo de fortalecer la relación con ellos, los jueces de Comodoro Py. Siempre les dio un lugar especial en las conferencias de jueces. Al momento de sacarse la foto final con todos los asistentes, mandaba a poner papelitos en el suelo con los nombres de los jueces que tenían que estar cerca de él. En la conferencia de 2014, en Mar del Plata, lo rodeaban el camarista federal Martín Irurzun, (Julián) Ercolini, el juez en lo penal Económico Marcos Gravibker, (Ariel) Lijo, (Claudio) Bonadío y Sergio Torres. Solía invitarlos a exponer y a escribir artículos para publicaciones que armaba Bourdin. Era un modo de hacerlos sentir bien y dejarlos en deuda. En los actos de la Corte, les reservaba asientos en primera y segunda fila. Les compró autos oficiales nuevos para que pudieran moverse: primero adquirió una flota de Renault Megane, después agregó Renault Fluence.
El viraje de la agenda suprema y los esfuerzos de Lorenzetti por adaptarse a un nuevo esquema político quedaron en evidencia el día que en un acto en homenaje a un año del fallecimiento de Julio Strassera, el fiscal del Juicio a las Juntas, dijo que había que decirle «Nunca Más» a «la corrupción» (…) tomó la frase por excelencia que guía las luchas contra los crímenes del terrorismo de Estado y la trasladó al campo de los delitos contra la administración pública como si nada.

Semidioses

El 14 de diciembre a las 18:30, el flamante ministro de Justicia, Germán Garavano, un joven moreno, de melena negra crecida, anteojos y dientes torcidos, irrumpió en el despacho de Lorenzetti. Ya tenía los nombres finales: Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, le anunció. Pero además llevaba una noticia bomba: los candidatos a supremos no pasarían por el proceso de selección con audiencias públicas y acuerdo del Senado. Macri había decidido nombrarlos por decreto, en comisión, con la expectativa de que se sumaran al tribunal cuanto antes. Era algo nunca visto. Lorenzetti se quedó petrificado, no esperaba una noticia así.
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El día que juró, Rosatti tuvo de entrada un gesto que lo diferenció de Lorenzetti: no invitó a la ceremonia a los jueces federales.
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También dijo, cuando se le acercaron los periodistas, con quienes fue ameno, que los jueces deben pagar impuesto a las ganancias.
–Para festejar voy a mezclar bebidas blancas: sprite y agua con gas –dijo con humor Rosatti, que no toma alcohol ni fuma.
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La Corte tiene algunas incongruencias en sus costumbres: aunque fue suprimido por Lorenzetti el ritual del besamanos, por ejemplo, en el que los supremos se paraban en hilera y los empleados pasaban a saludarlos uno por uno, cada vez que hay un evento, contrata a una locutora para que lea las listas de los invitados. En la jura de Rosenkrantz duró mucho más esa lectura que la jura en sí. El recién llegado hizo desalojar a los periodistas no bien terminó el acto, porque no quería tener ningún contacto con los medios.
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Después de casi una vida entera en la Corte, Fayt entendía a la perfección el arte de la construcción del poder de un supremo. Quizá por eso hacía chistes públicos sobre el potencial de Lorenzetti para ser Presidente, no del tribunal sino de la República. Mientras Lorenzetti recién empezaba su camino, él ya estaba terminando. Extendió tanto su estadía, que dejó en evidencia la pulsión de eternidad que tienen muchos jueces, basada en el dato real de que sus cargos pueden durar de por vida. Como si fueran semidioses, una palabra que a Fayt le gustaba en especial. Semidioses.
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El día que Lorenzetti, en medio del desembarco de los nuevos jueces, anunció su casamiento con una mujer veintiséis años menor que él, Mara Perren, en la Corte todo el mundo trazó la analogía: tenían casi la misma diferencia de edad que Margarita y Fayt.

Fuente: Página 12

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