Santiago Maldonado dejó cinco certezas y un río de dudas

Santiago Maldonado fue perseguido y acorralado por Gendarmería. Ellos estaban dentro del Pu Lof en Resistencia Cushamen, sin orden judicial y con luz verde de Pablo Noceti, jefe de gabinete de Patricia Bullrich, invocando el supuesto delito en flagrancia.

Santiago Maldonado

Santiago Maldonado

Por Emilio Marín. Santiago Maldonado dejó cinco certezas y un río de dudas. Después de 78 días de desaparición forzada se halló el cadáver en el río. Y tres días después se confirmó que era Santiago Maldonado. El muerto dejó cinco certezas y varias dudas que ojalá se develen en unos días.

La primera certeza

Fue aportada por Sergio Maldonado, el viernes 20 de octubre, tras la autopsia del cadáver hallado en el río Chubut. “Es Santiago”, dijo su sufrido hermano, dieciséis años mayor y que llevó el peso de la búsqueda. Lo reconoció por sus tatuajes en los brazos, más allá de los rigurosos análisis científicos de los especialistas durante doce horas de trabajo.
Era una verdad que ya se presumía desde el hallazgo del cuerpo, el martes 17, en el día 78 de la desaparición. Las truculentas fotos que alguna mano negra distribuyó, con la campera celeste, no dejaban mucho margen a dudas. Sergio Maldonado quería decirlo cuando estuviera cien por ciento seguro que se trataba de Santiago. Y lo certificó, con dolor, a la salida de la Morgue en Capital Federal.
Debe ser en el único punto en que hay coincidencia generalizada, de todas las querellas y las 50 personas que estaban en la sala donde se practicaban esos estudios al cadáver: es Santiago. La convergencia abarca al gobierno y la oposición, a Clarín y Víctor Hugo Morales, a la Gendarmería y los mapuches: es Santiago.
Punto. Allí se acaba la unanimidad y casi todo lo que resta es polémico, con diversas posturas, en algunos casos antagónicas. Por ejemplo, si el cuerpo estuvo allí todo el tiempo, desde el 1 de agosto, o si fue plantado, como afirmó Sergio y su familia. No fueron los únicos. Una lista grande de personas entendidas en la materia sostuvieron que 78 días bajo el agua debieron degradar en muchísimo más grado el cadáver, hacerle perder el cabello y las uñas, etc.

La segunda

De la segunda certeza no quiere hablar el gobierno de Mauricio Macri: Santiago estaba allí cuando la Gendarmería reprimió a la comunidad mapuche. Y en ese epicentro de la represión perdió la vida.
Eso es lo que importa jurídica y políticamente. El joven murió en el preciso lugar y momento en que la fuerza de (in) seguridad entró a los balazos y golpes contra ese pueblo originario. Él no falleció porque hubo una tormenta y lo alcanzó un rayo, ni fue picado por una víbora o desnucado por la patada de un caballo loco, ni de un pico de estrés.
Una cosa es que los estudios ulteriores, que demorarán diez días, precisen las causas de su deceso. Eso tendrá gran importancia, por ejemplo si se detectara alguna herida que le hubieran causado, en principio descartada por declaraciones del juez Gustavo Lleral a la salida de la Morgue.
Sin embargo, eso no borra lo anterior: el artesano murió en una represión de los gendarmes, que habían negado su llegada hasta el río Chubut y volvieron de allí con sangre en la cara o las ropas, como el imputado Emmanuel Echazú y otros muy felices, como se ven en videos, tras esa persecución que culminó con una muerte.
Aún en la hipótesis más benigna para la Gendarmería y el gobierno macrista que la envió y defendió hasta hoy, día 83, y suponiendo que Santiago se cayó solo al río y se ahogó, eso no borraría el dato clave de que eso le habría pasado porque estaba en riesgo su vida: fue perseguido y acorralado por los uniformados. Ellos estaban dentro del Pu Lof en Resistencia Cushamen, sin orden judicial y con luz verde de Pablo Noceti, jefe de gabinete de Patricia Bullrich, invocando el supuesto delito en flagrancia. Y en esa operación ilegal murió una persona a la que ellos buscaron detener y persiguieron hasta la orilla del agua, para luego negar todo y lavarse las manos a lo Pilatos.

El ocultamiento

El hallazgo del cadáver y su posterior identificación revela una tercera conclusión: el gobierno y la Gendarmería hicieron todo para ocultar la verdad y negar información.
La tradicional fuerza de represión a pueblos originarios en zonas de frontera y a trabajadores de centros muy poblados (operativos de Sergio Berni contra obreros de Lear y Gestamp en la Panamericana, y sus gendarmes voladores), demoró sus informes al funcional juez Guido Otranto. Entregó las declaraciones mucho después y dio celulares con datos claves borrados. El magistrado tampoco pidió la geolocalización de esos teléfonos para saber dónde estaban sus dueños en el mediodía de aquel 1 de agosto.
Esa lentitud paquidérmica la transformaron en rapidez de liebre para lavar las camionetas intervinientes, tras el aviso de Noceti, que lo recibió muy posiblemente de Otranto.

La principal fuente de ocultamiento no fueron los uniformados sino los funcionarios y sus medios de comunicación amigos. Estos respaldaban las versiones de Gendarmería a la vez que sembraban dudas sobre la presencia de Maldonado en el sitio y demonizaban a los mapuches haciendo hincapié en el supuesto rol terrorista y separatista.
Todavía el 11 de octubre, seis días antes del hallazgo del cuerpo, Elisa Carrió aseguraba en el debate de candidatos porteños en A dos Voces (TN) que había “un 20 por ciento de posibilidades que Santiago estuviera vivo en Chile con la RIM (sic)”, por la Resistencia Ancestral Mapuche.
Esos métodos le trajeron al cronista el recuerdo de cuando la dictadura secuestró a las dos monjas francesas, 5 militantes de Vanguardia Comunista (actual Partido de la Liberación) y otros 5 familiares, en la Iglesia de la Santa Cruz, en diciembre de 1977. Para disimular su autoría, en la ESMA fotografiaron a las monjas debajo de un cartel de Montoneros. Luego ese grupo fue subido a un vuelo de la muerte y arrojado al mar. La lógica perversa de Carrió tiene algún punto en común con la marina de Massera. Lo doloroso es que esa tergiversadora puede ganar hoy, aunque quizás el margen no sea tan grande como el de las PASO.

La reacción masiva

Santiago Maldonado está muerto pero las circunstancias de su muerte han dado vida a nuevos movimientos sociales y militancias jóvenes, sin importar la edad aunque muchos sean adolescentes, con el relevo generacional que eso promete para organismos de derechos humanos como Madres, Abuelas, Familiares y otros donde abundan las arrugas y las heridas de la vida.
Esa es la cuarta certeza que originó el joven tatuador. Su gesto solidario no murió en las aguas ahora turbias del río Chubut ni se confinó en la Patagonia. Su rostro, sobre todo sus ojos de mirada noble y tranquila, es familiar para muchos millones de argentinos (no digamos 40 millones porque hay una parte minoritaria tan enferma y fanática que apoyó la represión y parece refritar la consigna de Viva la Muerte).
Las velas que mucha gente prendió en la puerta de la Morgue son vestigios de ese amor por Santiago pero también por su actitud humanista y desinteresada. Hubo y habrá marchas, actos y sobre todo mucho dolor.
Infobae y medios capitalistas informaron que hay tres argentinos entre los grandes millonarios del mundo: Alejandro Bulgheroni con 3.700 millones de dólares, Eduardo Eurnekian con 2.300 y Alberto Roemmers con 1.900. Ellos tienen sus seguidores del Dios Dinero, a pura envidia.
En cambio, para muchísima gente, el espejo donde han comenzado a mirarse es el mártir artesano, que andaba a pie, feliz, mirando lejos, puro corazón, con una mochila propia, celular viejo y campera prestada.

Última, no menos importante

“Last, but not least” (Último pero no menos importante), reza el dicho inglés. La quinta certeza legada por SM, última de esta lista confeccionada de apuro y en medio de sentimientos agolpados, tiene gran valor pedagógico-político. Se explica con datos de la realidad: su muerte tuvo más peso que las elecciones legislativas nacionales.
Hasta los electoralistas más pendientes del marketing, con sus actos de campaña listos para ofrecer más mercadería de dudosa fecha de expiración, se vieron compelidos a dejarlos para mejor ocasión.
Ese palo fue primordialmente para Mauricio Macri y su beatífica gobernadora Vidal, que levantaron el acto de cierre en La Plata y el que el presidente iba a hacer en Córdoba, involucionada de Docta a referí. Los que maltrataron a Santiago y su familia impostaron la voz para hacer llamadas de condolencias truchas.

La lección de Maldonado también fue a la dirigencia K, rápida para desalentar movilizaciones y privilegiar el proselitismo electoral. La expresidenta no dijo ni mu entre el 17 y 20 en que se identificó a Santiago, seguramente por temor a que la criticaran por eso.
Era al revés. La muerte era un motivo de unidad para los patriotas y demócratas, más allá de las preferencias electorales y el voto de hoy. Hay valores que están por sobre las consignas partidarias, válidas pero que deben ceder la primacía a asuntos esenciales para la argentinidad al palo, diría la Bersuit.

La exhortación que legó Santiago, de unidad en Memoria, Verdad y Justicia, es excelente, pero debe ser acotada a un universo amplio aunque no total. Como él era idealista puede haber creído en un llamado a todos. Su hermano Sergio, con lo vivido en estos casi tres meses de calvario, en cambio, ni quiso atenderle el teléfono al ministro Garavano, por la hipocresía gubernamental.
El sectario es Macri, que nunca participó de una marcha por derechos humanos. No recibió a la familia ni priorizó su búsqueda. Santiago maldonado era amigo de los mapuches y Mauricio Macri de Benetton. Los separaba algo más caudaloso y profundo que el río Chubut.

Artículo enviado por el autor para su publicación

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