Buenos vecinos, ¿pero hasta cuando?

Con un gobierno mentiroso, que exuda violencia como el que tenemos los argentinos, tanto explícitamente como implícitamente, a través de sus actos, declaraciones cargadas de desprecio, racismo, mezquindad sin prejuicios y desfachatez, la sociedad recibe a diario un mensaje subliminal, que generará tarde o temprano, una explosión social.

"Dogville" de Lars Von Trier

“Dogville” de Lars Von Trier

Por Carlos Pedemonte. En el año 2003, se estrena la película Dogville, del director danés Lars Von Trier, con la actuación de la talentosa Nicole Kidman. Su peculiar puesta en escena, casi sin decorado, con apenas unas líneas blancas marcadas sobre el piso, como una gran rayuela, representa a una villa en EEUU, donde viven unas veinte personas; este escenario minimalista hace que el espectador dedique toda su atención a los personajes que aparecen y esté obligado al análisis permanente de la trama, confrontándolo con el mundo real.

Grace (Nicole Kidman), hace de una fugitiva de la mafia y la policía, que consigue asilo en la villa, a cambio de trabajo, con el consentimiento de sus habitantes, formado por un grupo heterogéneo, niños, jóvenes, adultos y viejos, de diferente profesión, gente común, honesta y trabajadora. Grace divide su tiempo para que todos los habitantes reciban su ayuda, ganándose la confianza de ellos, que con el correr del tiempo abandonarán su máscara solidaria, dejando expuesto su interior de animales hambrientos, abusando de una fuente de bondad para obtener todo tipo de satisfacciones, en un clima opresivo de permanente mezquindad, y constante paradoja del ser solidario al deseo de explotar y degradar al otro, anticipando un final violento. Como lo define el crítico J L Caviaro, “una terrible y devastadora parábola sobre la naturaleza humana”. Von Trier, su director, diría que nunca había puesto un pie en Estados Unidos, pero que el mal puede crecer en cualquier parte.

Federico Pavlovsky cuenta que en 1941, durante la segunda guerra mundial, en el pueblo de Jedwabne (Polonia), de unos tres mil habitantes, ocurrió un asesinato colectivo. Ante esto, todos suponemos que fue una de las tantas matanzas de judíos realizadas por los nazis, pero este caso es peculiar porque ese día, mil quinientas personas del pueblo, mataron o vieron matar a otras mil seiscientas de origen judío. Los nazis no dieron la orden, tampoco intervinieron, solo se limitaron a dejar hacer y tomar fotografías. No hubo distinción para hombres, mujeres, niños o ancianos. La masacre fue negada por décadas hasta la aparición del libro “Vecinos” de Jan T. Gross, que toma el testimonio de los únicos siete sobrevivientes salvados por una familia polaca. Un crimen colectivo realizado por gente común, que actuó con golpes y diversas torturas. Sometidos a toda clase de humillaciones y a diversos vejámenes antes de ser asesinados. Lo último que alcanzaron a ver las víctimas fueron los rostros familiares de sus vecinos, hombres y mujeres de todas las edades, y de las profesiones más diversas. Buenos ciudadanos. A esto le siguió la confiscación de sus bienes y el silencio colectivo de lo ocurrido.

Tanto en la historia ficcional de Von Trier, como lo ocurrido en Polonia, se observa cómo las personas comunes se transforman en monstruos inesperadamente, sin recibir ninguna orden, o sin motivo aparente. Los medios dominantes saben que más que un código moral lo que guía a la gente, es lo que se puede establecer como bueno o malo, y cualquier decisión puede maquillarse, lo importante es que suenen razonables. Con un gobierno mentiroso, que exuda violencia como el que tenemos los argentinos, tanto explícitamente como implícitamente, a través de sus actos, declaraciones cargadas de desprecio, racismo, mezquindad sin prejuicios y desfachatez, la sociedad recibe a diario un mensaje subliminal, que generará tarde o temprano, una explosión social, ya no contra la fuerza pública, sino entre nosotros, aunque seamos buenos vecinos.

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